Óscar Mora

Avenida de los misterios, de John Irving

Cuando miente la memoria Durante los últimos veinte años, John Irving ha estado viajando intermitentemente a México, y ha creído que  las notas que tomaba en cada viaje formaban parte del guion de una película. En ese lapso de tiempo, el autor norteamericano ha escrito “Personas como yo”, “La última noche en Twisted River”, “Una mujer difícil” o el guion de “Las normas de la casa de la sidra”, por el que ganó un Oscar, pero la historia mexicana se le resistía, hasta que se dio cuenta de que lo que había escrito, finalmente, era una novela que nos trae de nuevo al mejor Irving de “El mundo según Garp” o “El hotel New Hampshire”. El humor, la ironía y el cinismo propios de otras de sus novelas toman aquí un tono más amargo, presentando un personaje más desorientado de lo habitual y más desapegado de un mundo que considera monstruoso y se vuelve hostil una vez que se ha superado la infancia. La fragilidad de la memoria y su capacidad para crear mentiras que deforman nuestro presente acompaña cada párrafo hasta el final exacto de la novela Juan Diego es un escritor de 54 años que se encuentra de viaje rumbo a Filipinas para cumplir una promesa de infancia. Se trata de un autor de éxito que viaja solo y depende de una fuerte medicación para poder soportar la realidad y percibirla con claridad. Los excesos o falta de esa medicación le hacen entrar en letargos donde recupera su infancia, o mejor dicho el final de su infancia, cuando era un niño de la basura en Oaxaca junto con su hermana Lupe. Un Juan Diego de 14 años sobrevive en el basurero gracias a la protección del capo del mismo, un talento para enseñarse a sí mismo a leer con los libros descartados por los jesuitas y una madre que trabaja a media jornada como prostituta, y la otra media limpiando imágenes sagradas. Ambas tramas se alternan en cada capítulo, sembrando en el lector la incertidumbre de cuál de las dos es más verdadera, o de cuánto de verdad hay en cada una de ellas. La fragilidad de la memoria y su capacidad para crear mentiras que deforman nuestro presente acompaña cada párrafo hasta el final exacto de la novela, en la que también flota un aire anticlerical que lleva a Juan Diego a sufrir de los remordimientos propios de la educación católica. Como suele ocurrir con Irving, asistimos a la asombrosa capacidad del autor para crear personajes estrafalarios y situaciones inverosímiles que encajan perfectamente en los límites de la credulidad del lector: una madre e hija, fanáticas de los libros de Juan Diego,  que lo encuentran en tránsito y se ocupan de él; un alumno ultracatólico que instala peceras en las habitaciones de los hoteles donde descansa el autor; una hermana capaz de leer el pensamiento, pero incapaz de comunicarse con nadie que no sea Juan Diego; un cura con cilicio que se siente atraído por un transexual… en este caso, hay un forzamiento excesivo de esos límites, máxime cuando la novela supera las seiscientas páginas: mantener un ritmo de sorpresa y maravilla constante, aunque es literariamente posible, resulta agotador para el lector en algunas ocasiones. En otras palabras, se percibe demasiado clara la mano del escritor detrás de los personajes, conduciéndolos de escena en escena y dando lugar a un híbrido entre lo literario y lo audiovisual que salva el tipo por la elegancia de la prosa de Irving y lo fascinante de la historia a la que tenemos el privilegio de asistir. John Irving, Avenida de los misterios. Tusquets, 637 páginas. 22’90 € Reseña publicada en el diario Información (Suscriptores)

Todo lo posible, de Carmen Pacheco

Huir de la realidad para entrar en ella   Carmen Pacheco debuta en la narrativa para adultos, y lo hace con un libro con un tono de género negro ligero. La protagonista, Blanca Cruz, ha alcanzado el éxito con una saga de best sellers de forma accidental. En el punto de partida, ella misma confiesa que odia sus libros, una mezcla de la saga Milennium y Crepúsculo, y se encuentra atascada en lo literario y en lo personal. A lo largo de Todo lo posible, Blanca hará avanzar cada capítulo desbloqueando sucesivamente cada misterio o cada problema con la ayuda cada vez de personajes secundarios o de objetos, casi como en una de esos videojuegos de aventura conversacional o click and point como Maniac Mansion o Monkey Island. Los objetos que tienen importancia en la historia, por cierto, se encuentran reflejados en la preciosa portada de la novela. Incapaz de escribir el siguiente libro que ha prometido a sus editores, o de enfrentarse a la infidelidad de su pareja, Blanca descubre por azar la existencia y desaparición de Patricia King, una escritora de novelas de misterio, junto con la correspondencia de la misma. Desentrañar qué le ocurrió a esta autora, con reminiscencias  a Agatha Christie, será la excusa que se pondrá a ella misma para iniciar su particular viaje del héroe, que a su vez le alejará de la excusa que dispara la trama: afrontar su vida y su problemática relación con la realidad.     Todo lo posible es una novela con numerosos golpes de humor, en la que se muestra la parte más banal del ambiente literario La narradora es la propia Blanca, a la que solamente abandonamos para leer la correspondencia recuperada de Patricia King, haciendo que la trama que transcurre en el presente avance, y compensando el pulso narrativo al ofrecer pistas falsas y revelaciones que influyen en el presente. Mientras tanto, Pacheco hace desfilar una galería de secundarios que, en su normalidad o su monstruosidad, ofrecen un contrapunto que hace la lectura más ágil y entretenida. La propia trama parece pedir más presencia de estos secundarios, pero no les da tiempo a aparecer, porque hacia la mitad del libro, la historia tiene un par de puntos de giro que, más o menos, el lector puede esperar. La historia se lanza a una especie de road movie cuyo comienzo son cuarenta y cinco páginas que transcurren dentro de un avión con la sola intervención de dos personajes, más alguna esporádica azafata, y los insertos de las cartas de Patricia King. Los brillantes diálogos y la galería de secundarios son dos de los puntos fuertes de la novela  Como ya hemos señalado al principio, es la primera novela de Pacheco para adultos, ya que tiene varias para público infantil y juvenil. En sus libros para niños y jóvenes, como en toda buena novela sin importar el género o el público, late una inteligencia narrativa y un dominio y adaptación del lenguaje, que en Todo lo posible se despliega en estas citadas cuarenta y cinco páginas, un epítome perfecto de la novela: narrador encerrado (en un espacio o en una situación), sin las armas ni habilidades para librarse de ese encierro. Estas situaciones, que se repiten a lo largo de todo el libro, crean una sensación de urgencia en el lector que también aporta agilidad a la lectura, consiguiendo hacer nacer el deseo de que las situaciones y diálogos se alarguen para saber algo más de qué ocurrió y cómo ocurrió. Los diálogos son, precisamente, uno de los puntos fuertes de la novela, junto con el hilo de pensamiento de Blanca. Mediante ellos podemos entrar por completo en un personaje bien construido, divertido, contradictorio y mordaz, con el que apetece quedar varios meses después del final de la novela para saber qué tal le ha ido, y si realmente ha hecho todo, absolutamente todo lo posible. Carmen Pacheco; Todo lo posible. Editorial Planeta. 302 páginas. 16’90 euros. Reseña publicada en el Diario Información (artículo para suscriptores)

La reina de las nieves, Michael Cunningham

Los deseos cumplidos La reina de las nieves; Michael Cunningham. Editorial Lumen, 272 páginas. 21’90 euros. En el lapso de cuatro años cabe toda una vida, o al menos los únicos sucesos relevantes de una vida. Esto es lo que propone Michael Cunningham en su novela, “La reina de las nieves”, que enmarca la narración en la época que va desde la reelección de George Bush Jr. Hasta la elección de Obama. El cuarteto de personajes que protagoniza el libro ha dejado atrás hace años la juventud, y se enfrenta a un presente en el que todos han abandonado y olvidado la realización de sus sueños, atascados en relaciones y situaciones que no tienen la fuerza o la voluntad de afrontar. La exquisita prosa de Cunningham nos muestra tres instantes donde se ha detenido el tiempo, creando varias escenas carentes de desenlace y ahorrándose el trabajo de narrar todo lo que ocurre entre ellas. Ha escogido momentos donde algo va a pasar, pero no se muestra al lector y nunca termina de suceder: la nochevieja, el momento de una mudanza, o el instante siguiente a ser abandonado.   “La reina de las nieves” comienza con un final: Barrett camina por Nueva York justo después de que su novio le haya dejado por SMS. En casa le espera su hermano, un músico fracasado, y la novia de este, enferma terminal de cáncer. Cruzando Central Park, sufre una epifanía en la forma de un destello luminoso que el católico no practicante Barrett toma por una señal. Mientras tanto, la nieve entra mansamente por la ventana del dormitorio de su hermano Tyler, que trata de componer una canción para su boda con la moribunda Beth. Todo en la novela está teñido de una desolación responsable, con el ambiente frío sin urgencias de este trío varado en la cuarentena. La presencia de la nieve y de la intemperie en todas las escenas le da un lirismo de cuento de hadas, en las que Cunningham hace uso de la luz continuamente para envolver cada situación con un halo de melancolía salpicado de urgencias sexuales y ambiciones modestas. Los saltos adelante en el tiempo nos ahorran el pathos de asistir a las subidas y bajadas de los personajes; como decimos, se trata de escenas aisladas donde la obsesiva esperanza de cambio involucra al lector haciéndole desear que algo, algo real, suceda. Esto nos pone delante de las distintas maneras de enfrentarse a la mortalidad, y de cómo nuestras decisiones sobre este asunto afectan de forma concéntrica a todos los que nos rodean, incluso si intentamos que se trate de un asunto interior y personal. También es una novela sobre el poder del mito, sobre la inevitable recurrencia de la tragedia clásica en cada uno de nosotros, y la inevitabilidad del destino. Pese a todo, no es una novela triste, cargada de un lirismo que ya leímos en “Las horas”, y que no representa la soledad como una maldición, sino como un estado casi inevitable donde lo que se condena es el anhelo falso de felicidad a través de los deseos. De la propia novela: “hay una ley física de los mitos que exige que los deseos concedidos tengan resultados trágicos”, lo cual no es tan terrible, si se para uno a pensar que los resultados trágicos, por más que la existencia ya duela de por sí, son también parte de la vida.

El nadador en el mar secreto, William Kotzwinkle

Crónica del dolor William Kotzwinkle, El nadador en el mar secreto. Navona editorial, 96 páginas, 11’50 euros   Es difícil escribir una reseña sobre este libro para alguien que, como yo, espera ser padre en pocos meses. Kotzwinkle es autor principalmente de novelas de fantasía, y además de haber recibido varios premios en este género, es el responsable de la novelización del guión de “E.T. el extraterrestre”. En el año 1975, William y su esposa estaban esperando la llegada de su primer hijo. Una mañana muy fría la mujer rompió aguas y, mecánicamente y envuelto en un ensueño, el autor repitió los gestos que tenía ensayados: envolver a la madre en una manta, calentar la camioneta en el helado paraje en el que vivían, conducir al hospital, acceder al registro. El niño, que venía de nalgas, nació muerto. Después de la autopsia y los días de reposo de su mujer, Kotzwinkle recibió el cadáver de su hijo en un sudario de lino, le fabricó un pequeño ataúd con sus propias manos, lo transportó en un trineo hasta el lugar donde quería enterrarlo y cavó con furia hasta hacer un agujero de más de un metro de profundidad. Enterrado el bebé, se encerró en su estudio y se sentó a escribir. El adagio dice que perder un hijo, además de antinatural, es un dolor tan profundo que el lenguaje no tiene un palabra para describirlo, como sí hace con la situación contraria. ¿Qué ocurre con la vida una vez que te ocurre algo así? El proceso de embarazo no es simplemente el de la gestación de una vida, sino que a lo largo de los nueve meses que dura se hace una proyección que abarca el resto de la vida de los padres, por lo que es difícil imaginar qué pasa por la cabeza de alguien a quien, en el breve lapso de un minuto, le dicen que su vida no es ni va a ser como estaba previsto. El nadador es el hijo de Kotzwinkle, y el mar secreto el vientre de la madre. La novela –apenas cien páginas- está escrita con una sobriedad admirable, pero con toques y lenguaje poético que no ayudan a detener el impacto de la terrible revelación que contiene. Este libro es a la vez una manera  de exorcizar el dolor y un regalo a los lectores. Se trata de un retazo de vida arrancado salvajemente y expuesto con naturalidad, narrado no solo desde el dolor, sino también desde el amor más inmenso y ofrecido sin dramatismos ni un lenguaje exagerado. “El nadador en el mar secreto” produjo muchas reacciones personales en el momento de su publicación, pero quedó relegado en el olvido. En 2012, Ian McEwan lo citó dentro de una de sus novelas, y se redescubrió la potencia de un relato tan sencillo, que la editorial Navona escogió para abrir su colección “Los ineludibles”. Esta colección, compuesta por cuatro libros al año, pretende recuperar libros “que todo el mundo debería leer”, y lo hace contrariando todas las campañas y consejos de marketing: portadas monocromas y ausencia de reseña o sinopsis en la contraportada: es el texto el que se defiende y se vende a sí mismo. En esta misma colección, podemos disfrutar autores y libros más conocidos, como “Los papeles de Aspern”, de Henry James, o “La muerte en Venecia”, y novelas que conviene conocer, como “Una saga moscovita”, de Vasili Aksiónov. Volviendo a “El nadador en el mar secreto”, uno de sus valores es la capacidad que tiene de emocionar a cualquier lector con una prosa tan sencilla y directa. La delicadeza y a la vez la crudeza con las que aborda el tema alude a un sentimiento que todos hemos tenido, o que vislumbramos en el horizonte: el dolor absoluto, inimaginable y total, capaz de deshacernos como personas y girar el mundo por completo, y la manera de afrontarlo para regresar mentalmente sanos a nuestra vida.   Reseña publicada en el diario Información (suscriptores)

La zona de interés, de Martin Amis

El espejo deformante Si uno se acerca a cualquier librería generalista, y consigue abrirse paso entre los best sellers y los títulos de coaching (vulgo, autoayuda), un repaso no exhaustivo a la sección de novela siempre da como resultado que se dé con numerosos libros ambientados en la Segunda Guerra Mundial. Esta abundancia, que sobrevive y traspasa las modas literarias, podría generar hastío e incluso rechazo, pero no es así, y tenemos que luchar denodadamente para que no ocurra. La última generación de sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial se encuentra al borde de la extinción, y no han de pasar muchos años para que llegue el día en que no haya en el mundo nadie que pueda dar testimonio directo del Holocausto. Evitar el olvido no es necesario, porque se trata del hecho histórico más y mejor documentado, y eso es lo que paradójicamente hace cada vez más complicada la ficción. La novela es fabulación, es posibilidad y cuando es buena arroja luz sobre zonas que permanecen en la sombra. Eso es lo que hace Martin Amis con “La zona de interés”, contado desde el interior del campo de concentración de Auschwitz. Se reparten la narración tres personajes: Golo, un sobrino de Bormann destinado en el campo; Paul Doll, el comandante del campo, y la más original de las tres voces: Szmul, uno de los encargados del Sonderkommando, la unidad de prisioneros encargados de trabajar en los crematorios y cámaras de gas; Somos los hombres más tristes en la historia del mundo, dice en su presentación, y de todos esos hombres tristísimos, yo soy el más triste. Su tristeza es, según el propio Szmul, “demostrable”, ya que es el prisionero con el número más bajo, el de mayor antigüedad. En los últimos años nos hemos acostumbrado a estremecernos con los relatos desde el interior del horror, dando voz a los nazis: ahí están, por dar solo dos ejemplos, “Las benévolas” de Jonathan Littell o la película “El hundimiento”. “La zona de interés” ha suscitado mayor polémica, hasta el punto de que los editores habituales de Amis en Francia y Alemania se negaron a publicarla. La excusa es que se puede interpretar que frivoliza con el Holocausto, haciendo que los verdugos se pregunten por los problemas de orden práctico que conlleva la aniquilación de millones de personas. Al parecer, no hay problema en dar un tinte dramático o dar un enfoque “dulce”, como en “El niño del pijama de rayas”, sino que mostrar la humanidad del asesino, añadir toques de humor, es lo que genera controversia. “La zona de interés” no es una comedia, ni siquiera una tragicomedia. Los nazis no eran monstruos informes, sino personas como ustedes y como yo; mediante la decadencia física y mental del comandante, y el triángulo amoroso que se forma entre él, su mujer y Golo, se pone de manifiesto la cara menos plausible del horror. La novela abandona la sátira y decae cuando Amis se empeña en mostrar la extensa documentación con la que ha trabajado, documentando desde la construcción de Auschwitz III hasta la rebelión de los Sonderkommandos, y termina de declinar cuando hacia su parte final se centra en la historia de amor y sus consecuencias transcurridos los años. Amis hace decir a Szmul que el campo de concentración es una especie de espejo mágico, que te devuelve el reflejo de lo que “realmente eres”; Golo abunda en la idea, diciendo que no sabes bien quién eres hasta que no entras en “la zona de interés” –la zona de exterminio-. Más allá de su valor literario, que es mucho, novelas como esta actúan como un espejo, sucio y deformado, que nos muestra lo que somos o podríamos ser. Un espejo que no hay que dejar de mirar nunca. Reseña publicada en el diario Información el 26 de noviembre de 2015 Martin Amis, La zona de interés. Editorial Anagrama. 303 páginas. .

Neverhome (ella era más fuerte), de Laird Hunt

Constance cogió su fusil Todas las naciones necesitan construir su identidad a través de un relato épico que las dote de una fundación mítica. Los nacidos en esta ribera del Mediterráneo contamos con la suerte de tener la Iliada y la Odisea, y cada país posee además su propia íntima tradición: el Mio Cid, las sagas artúricas o la Canción de Rolando son algunos de los más representativos. Una nación tan joven como Estados Unidos ha tenido que construir sus mitos alrededor de hechos modernos, que han sabido exportar y dotar de épica de manera magistral. Es inevitable que todos acaben pareciéndose a los poemas homéricos, ya que se trata de un género con reglas muy claras y sencillas, donde los patrones se repiten desde las sagas islandesas hasta el gaucho Martín Fierro. La Guerra de Troya para ellos es su guerra de secesión, contando con la indudable ventaja del material gráfico y manuscrito disponible para documentarla, y sus protagonistas han sido elevados a la categoría de héroes comparables, siempre según el imaginario americano, a Aquiles, Ulises o Ájax. En este contexto de fabricación de la memoria se sitúa “Neverhome (Ella era más fuerte)”, que parte del hecho de que más de 400 mujeres se travistieron para poder pelear en la guerra. Basada en las cartas y testimonios de varias de ellas, Hunt ha creado el personaje de Constance, una granjera casada con Bartholomew cuando estalla la guerra. Como ella es más fuerte que él, no solo físicamente, decide ir al frente en representación de la granja. Constance se convierte en Ash Thompson, y el relato baja a la trinchera para contarnos los detalles y miserias de una guerra que vuelve a parecerse milimétricamente a todos los conflictos que en el mundo han sido, y es como si Ulises hubiese encontrado una buena excusa para quedarse en casa, y Penélope –esa es la comparación que se establece en la propia novela- hubiese ido a combatir. Ash no está obligada a ir a la guerra, pero las constantes preguntas que le asaltan en la voz de su madre, con la que mantiene inacabados diálogos, le empujan a seguir un poco más, a buscar otra batalla, a descubrir si la guerra puede mostrarle lo que realmente hay en ella. La voz de la madre muerta compone un relato paralelo donde historias ya conocidas mezclan sus principios y finales completando una fábula que bordea los temas que tantas veces hemos visto representados a partir de la guerra de secesión: la abolición de la esclavitud, el conflicto entre la tradición del sur contra la modernidad del norte, o las familias divididas en dos. Laird Hunt intenta centrarse en la intrahistoria del soldado Ash Thompson, en un afán de desmitificar la guerra y mostrar su cara más cruda. Pero fracasa, ya que el relato funciona porque cuenta con los elementos del viaje del héroe clásico, ya saben: llamada a la aventura, encuentro con el mentor, travesía del umbral, enemigos, aliados, pruebas, internamiento en la cueva más profunda, recompensa, lucha final y regreso al hogar. La métrica oral se convierte en un relato visual que inevitablemente saltará a la pantalla, porque incluso para narrar sus epopeyas los norteamericanos necesitan echar mano de Homero. Crítica publicada en el Diario Información (suscriptores) Laird Hunt, Neverhome (Ella era más fuerte). Editorial Blackie Books, 200 páginas. 19 euros.

Número cero, de Umberto Eco

Cada nuevo texto de Umberto Eco es siempre un acontecimiento literario. Desde que hiciera su deslumbrante debut hace más de treinta años con “El nombre de la rosa”, que vino a darle lustre al género de la novela histórica, ninguno de sus libros ha pasado desapercibido. El italiano tiene un don reservado a los grandes narradores: convertir cada texto, no importa el género, en algo realmente nuevo, aunque para ello no utilice fórmulas extravagantes ni recurra a artificios literarios. En este caso, ha puesto su curiosidad inabarcable al servicio del periodismo, como excusa para repasar la historia política y de la comunicación italiana de las últimas décadas. El motor de la novela se resume en una demoledora frase “No son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias”. La frase es de Simei, el director de un diario nonato, que se encuentra en los meses previos a su aparición. En la sombra, hay un empresario que desea que se lance esta nueva cabecera, al menos en potencia o de manera hipotética, con varios “números cero” que sirvan para ejercer presión en las altas esferas políticas y económicas. Debería ser un texto prescrito en las facultades de Ciencias de la Información por su análisis del periodismo El protagonismo, o mejor dicho la voz narrativa, recae en Colonna, un cincuentón que siempre ha estado en el bando perdedor de la vida y que ahora, sin perspectivas de futuro, divorciado y desdeñado, ve la gran oportunidad de su vida al ser nombrado redactor jefe de este diario ficticio. “Número cero” debería ser un texto prescrito en las facultades de Ciencias de la Información: alrededor de Colonna, Eco sitúa a un ramillete de personajes y periodistas que viene a representar todas las luces y sombras de esa profesión. Ambientada en el año 1992, antes de la zozobra que ha sumergido a la prensa escrita en su crisis más profunda, los diálogos entre estos personajes y las relaciones que tejen entre sí son una clase magistral de estilo, a través de la ficción de la grandeza y miserias de la profesión periodística. Este punto de partida le sirve al autor para ajustar cuentas con el pasado reciente italiano. Mussolini, los secretos del Vaticano o la ocultación de información sensible por parte de los sucesivos jefes de estado transalpinos son algunos de los temas en los que hurga este periódico en la sombra. Umberto Eco ajusta cuentas con el pasado reciente italiano, especialmente con Mussolini La tercera pata que sostiene la trama es el devenir personal de Colonna. Se trata de un documentalista trasnochado, que viene de un mundo en desaparición y cuya vida se encuentra en ruinas. La aparición del amor, o de un sucedáneo muy similar, trastoca sus planes de un retiro dorado, le hace sufrir un giro copernicano y tomar las riendas de su vida en una dirección que nunca habría sospechado. Amor después de los cincuenta, crisis del periodismo y cuestionamiento de las bases históricas recientes son temas más que suficientes para hacer de “Número cero” una de las novelas del año. Al leerla, es imposible no realizar el ejercicio de imaginar cómo sería la versión española, cómo sería recibido un libro que desentrañase nuestro mundo periodístico, sacase a la luz la miseria moral de nuestro dictador y tocase un tema que raya con el tabú, como es el amor y el sexo pasada la mediana edad. Los directores de las principales cabeceras españolas deberían leer este libro con atención, tomar nota, y llevarnos a un lugar mejor, ahora que están en el umbral de su hundimiento, y el valor de la palabra impresa está tan devaluado. Umberto Eco, “Número Cero”. Editorial Lumen, 218 páginas. 20’90 euros

Las luminarias, Eleanor Catton

Viaje de ida y vuelta a las estrellas Cuando a Eleanor Catton le preguntaron qué opinaba de haber sido la ganadora más joven del Man Booker Prize con “Las luminarias”, la autora neozelandesa no recurrió a la falsa modestia ni tampoco se reivindicó con orgullo. Se limitó a señalar que la competición y batir récords son cosas relativas al deporte, y aprovechó para lamentar que hoy en día los premios tengan tanto peso como la crítica. No se trataba de una pose, ya que la autora usó parte del premio –que en total ronda el millón de libras- en crear una beca para escritores noveles. Con estos antecedentes, sumados a su magnífica primera novela, la predisposición ante “Las luminarias” no puede ser sino buena. Eleanor Catton ha sido la ganadora más joven del Man Booker Prize con Las luminarias Es difícil elegir por dónde abordar esta novela, que tiene rasgos de proeza literaria. De entrada, cuenta con veinte personajes principales, de los cuales uno de ellos está muerto y, como resulta previsible, es la piedra de toque de todos los demás. La narración se inicia a mitad de historia, con una reunión miscelánea de doce hombres en un hotel de Hokitika, una población neozelandesa en plena fiebre del oro en el siglo XIX. El motivo que les ha llevado allí, en apariencia, es el intento de suicidio de una prostituta, sin duda la más cotizada de la localidad, intoxicándose con opio. A este bíblico número de conjurados se les une por puro azar, los números y su simbología son cruciales en la trama, un mesías, superviviente del último naufragio en su traicionera costa. Este personaje, Walter Moody, es durante gran parte de las 800 páginas los ojos del lector, y el recurso narrativo resulta tremendamente efectivo para conseguir ensamblar tantas piezas y tramas. La narración se inicia con una reunión de doce hombres en plena fiebre del oro en el siglo XIX. El motivo que les ha llevado allí es el intento de suicidio de una prostituta A partir de aquí, la narración se dispara hacia el pasado y el futuro, para ir desvelando los deseos y pulsiones de cada uno de los personajes, cuánto tienen que ganar y perder y la inmensa red de secretos que se teje entre ellos. Se suceden los encuentros entre ellos, y se mueven como fichas de ajedrez en un tablero sin reglas, ocultando y mostrando las partes de una historia que parece clara en un momento, y tres párrafos más allá ha dado  la vuelta. Casi podría decirse que se trata de veinte pequeñas novelas a las que se les ha hurtado la introducción y el desenlace, para mostrarnos la parte esencial de la vida de cada uno de los personajes: desde el alcaide dispuesto a construir su cárcel antes de las elecciones hasta los buscadores de oro chinos atados de por vida a contratos con minas improductivas, pasando por adivinas de cartón piedra o contrabandistas de opio. La médula de la historia, la excusa para seguir leyendo, está partida en al menos tres focos. Por un lado, hay una historia de amor, que no se desvela hasta bien avanzada la trama, y que no alcanza un peso verdadero hasta el último tercio del libro. Por otro, hay un misterio, un misterio trazado con los elementos canónicos de la novela negra, con una caterva de sospechosos con móviles y oportunidad, un McGuffin disparatado y una resolución sagaz. Por último, “Las luminarias” es también una historia de venganza o de venganzas, movidas en este caso por la sangre familiar. Cuando lean esta historia de capítulos menguantes –cada uno tiene exactamente la mitad de extensión que el anterior- tengan a mano un mapa del cielo nocturno y trazarán, como los personajes, su hueco en el firmamento infinito. Artículo publicado en el Diario Información (solo suscriptores) Eleanor Catton, Las luminarias. Editorial Siruela. 806 páginas. 26 euros

¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin

Cuando todo es posible Hillel Halkin, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?. Libros del Asteroide. 264 páginas. 18’95 euros “(El rey) –Te está soñando a ti. Y si dejara de soñar contigo, ¿qué crees que te pasaría?” Lewis Carroll, A través del Espejo “¡Melisande! ¿Qué son los sueños?” tiene muchos puntos en su contra para convertirse en un libro muy leído: está escrito en segunda persona, formalmente es una carta de amor de más de doscientas cincuenta páginas, y no cuenta con unos personajes llamativos, luminosos o especialmente memorables. Sin embargo, lo tiene todo para ser una de las mejores novelas editadas en castellano en lo que llevamos de año. Una de sus grandes ventajas es que se trata de la novela-debut de un autor de más de 70 años, Hillel Halkin: carece, por tanto, de los errores de las “óperas primas” de la mayoría de autores. Como ocurre en tantas otras ocasiones, puede pensarse que se trata de “la” historia que el autor ha llevado dentro en todo su periplo vital, y conociendo estos datos, es difícil no pensar que, más que una novela de ficción, se trata de un volumen de memorias mal disimulado. El autor tiene, además, formación clásica y es traductor, por lo que el buen uso del lenguaje también está garantizado. La delicadeza con que el espacio privado es desvelado en esta novela no oculta la crudeza del mensaje: la vida es imperfecta Todo esto nos lleva a un libro que cuenta con una anti-estructura narrativa. Los recuerdos se van sucediendo en esta carta uno detrás de otro, con enlaces y caminos ocultos que no sabemos dónde van a parar. A pesar de lo que pudiera pensarse, estas lagunas estructurales no van en contra de la novela, sino que refuerzan la verosimilitud: la trama no se parece a la vida, “es” la vida, con incoherencias, callejones sin salida, largas pausas y actos de perdón para errores imperdonables. La prosa de Halkin es sencillamente magnífica, envolvente y adictiva. Goza de una de las virtudes de los buenos libros: logra la identificación del lector de forma casi automática. Cuando, mediada la trama, parece que estamos ante un libro iniciático, donde se nos narra el viaje de tres jóvenes hacia la edad adulta cumpliendo con los cánones de los triángulos amorosos, y la narración alcanza el punto climático, todo desciende hacia unos capítulos-valle que tendrán su propio desarrollo independiente hacia una resolución que, una vez leída, parece la única posible. No sólo para esta historia, sino para la vida de todos los desencuentros. Pero sigue siendo una historia y un libro sobre el amor, sobre la única de las pasiones que realmente merece la pena, y sobre el desvelamiento de lo íntimo. La delicadeza con que el espacio privado es desvelado no oculta la crudeza del mensaje: la vida es imperfecta, nosotros mismos somos sólo parte de un sueño que no podemos soñar solos. La prosa de Halkin es sencillamente magnífica, envolvente y adictiva. Goza de una de las virtudes de los buenos libros: logra la identificación del lector de forma casi automática. A lo largo de “¡Melisande! ¿Qué son los sueños?”, se repite varias veces la escena de los personajes haciéndose la pregunta del título, y se responden con el alivio que supondría ser la creación onírica de otra persona. Sólo uno de los integrantes del trío protagonista se atreve a seguir el impulso de los sueños desde el principio, y los otros dos le acompañarán cuando ya es demasiado tarde, incluso para los sueños, y sólo queda el consuelo de encontrarlos en una novela de tan bella factura como esta. Tengan o no un sueño del que arrepentirse, léanla como el que entra en el duermevela y cree que todo, incluso el amor, aún es posible.

Kassel no invita a la lógica, de Enrique Vila-Matas

El viajero en la frontera Hace dos años, Enrique Vila-Matas fue invitado a participar en “documenta 13”, una de las exposiciones de arte contemporáneo más importantes del mundo, y que se celebra cada cinco años en la ciudad alemana de Kassel. Vila-Matas sería protagonista de una performance, en la que tenía que sentarse a escribir en la mesa de un restaurante chino, a la vista de los clientes y de los visitantes, además de dar una conferencia en la que estaba previsto que no fuese nadie a escucharla. Pero todo esto puede ser simplemente falso, aunque hay fotografías del escritor protagonizando esta instalación y todo esté documentado en los archivos de la exposición. Todo podría ser mentira porque no hay un autor donde los bordes de realidad y ficción se difuminen tanto como con Vila-Matas. Cuando empezó a publicar sus primeros libros, la crítica fue despiadada con el autor, que tildaba de poco menos que un divertimento narcisista su obra. El verdadero problema era que, como autor, se encontraba solo en el panorama literario español. La autoficción y la exploración de los límites entre los géneros no era algo a lo que los lectores estuvieran acostumbrados. Y hoy, que esas dos tendencias son cultivadas con profusión, se sigue encontrando solo: nadie sabe jugar a esos dos  juegos literarios como él lo hace, y cada dos o tres novelas vuelve a girar la tuerca de ambos para hacer saltar las normas con absoluta naturalidad, haciendo que “autoficción” y “límites literarios” pierdan su sentido por completo. Permítanme trazar una analogía con Lobo Antunes: el autor portugués practica desde que empezó a escribir una autoficción casi destructiva y redentora. Se encuentra atrapado en un laberinto mental del que sólo sabe escapar escribiendo para que sea el lector el que acabe atrapado en él. Vila-Matas parece tejer ese mismo laberinto sobre el lector, pero sobre las bases del humor y la ironía, tomando distancia usando para ello lo íntimo, y consiguiendo con éxito hacer de la continuidad de su obra algo nuevo por descubrir cada vez. “Kassel no invita a la lógica” puede leerse como una larga reflexión sobre el arte contemporáneo, si supiéramos definir qué demonios es el arte contemporáneo, y para ello cuenta paradójicamente con elementos tradicionales de narración: un personaje, que como siempre se parece a Vila-Matas pero no es en absoluto él, encerrado en una unidad de espacio y de tiempo. La peripecia del escritor invitado a una exposición de arte contemporáneo es el gran “mcguffin” que enmascara la realidad: no hay un argumento real en el libro, no hay un punto de partida sólido, como tampoco hay un lugar objetivo al que el narrador quiera llevarnos. Cada uno de sus 70 bloques textuales está organizado en torno a reflexiones exentas, que a su vez se justifican por medio de las frases-cofre, las ideas realmente brillantes, que cada uno tiene. Es una novela que se debe leer con un lápiz en la mano para ir subrayando y destacando las palabras que saltan por encima del resto del texto. El humor enmascara la importancia de las ideas que están operando a lo largo de todo el texto, y como le ocurre al narrador al tomar contacto con dos obras de la documenta 13: una estancia oscura con bailarines y una corriente de aire en una habitación vacía, al leer, el lector se adentra tanteando en la primera hasta recibir el suave roce de la segunda, y queda desvalido, como el viajero caminando justo encima de la línea de una frontera, incapaz de decidir en cuál de los dos territorios está su destino. Crítica publicada en el Diario Información (solo suscriptores) Enrique Vila Matas; Kassel no invita a la lógica. Ed. Seix Barral. 300 páginas. 19’50 euros

Tres actos y dos partes, de Giorgio Faletti

En los minutos de descuento de la vida Faletti, Giorgio. Tres actos y dos partes, Editorial Anagrama. 14,90 euros. 152 páginas El fútbol es uno de los fenómenos más globales, y que más pasión despierta a lo largo y ancho del mundo. Como muestra, uno de los rasgos que más se destacaron del Papa Bergoglio cuando alcanzó la silla vaticana era su afición por este deporte y por un equipo en concreto en su país natal. A priori, no parece haber dos cosas más alejadas que la actividad intelectual que comporta escribir una novela, una buena novela, con la de asistir en una grada a un partido, con los gritos, empujones, insultos y los bajos instintos puestos al servicio de una pasión arbitraria. Sin embargo, el fútbol ha tenido y tiene una pátina de relato épico, de historia condensada de la humanidad en noventa minutos, que se abre paso a través de las psiques más obtusas para acabar instalado en los lugares de preferencia de nuestro tiempo. No parece haber dos cosas más alejadas que escribir una novela  y asistir a un partido de fútbol Los jugadores han ocupado en el imaginario colectivo el lugar de los gladiadores romanos, y a través de ellos se desata una narración liberadora que tiene como excusa un simple pedazo de cuero y la gloria o la miseria en el corto espacio de hora y media. Una de sus estéticas más atractivas es la del perdedor, como la imagen del árbitro Pierluigi Collina ayudando a levantarse a los centrales del Bayern en aquella final de copa de Europa que perdieron en el último minuto, o la arenga del capitán del Liverpool en la media parte de la final contra el Milan que perdían 0-3, apelando a los cánticos de una afición obrera que seguía entonando, “Nunca caminarás solo”, porque por encima del resultado hay una sensación de pertenencia y lealtad inquebrantable. Hay que admitir que el fútbol, aunque uno sea completamente ajeno a ese deporte, es algo más que fútbol, y despreciarlo como un elemento vulgar de la sociedad es un esnobismo trasnochado. La aparición de revistas como “Panenka” o “Líbero”, que reivindican el fútbol como acto cultural no sólo desde la nostalgia, dan fe de ello. Giorgio Faletti ha centrado su atención en “Tres actos y dos partes” sobre la parte más humilde y sórdida de este deporte. Silvano Masoero, “El Silver”, es un boxeador retirado, un perdedor al que le acosa el recuerdo de un combate amañado, que purga su pena como utilero en un club de segunda división de la liga de Italia. La trama se desarrolla principalmente en las horas previas al último partido de la temporada, donde está en juego el ascenso del equipo. Este telón de fondo sirve por un lado para mostrar la parte más sórdida del fútbol en sus categorías menos profesionalizadas, alejadas del glamour, los balones de oro y las portadas de las revistas y que, en el fono todos los sabemos, poco tienen que ver con el fútbol real. Tres actos y dos partes nos habla de la parte más humilde y sórdida del fútbol Su hijo milita en este equipo, y está a punto de cometer el mismo “pecado” que el padre: amañar el partido para sacar un dinero ante la imposibilidad de convertirse en una estrella de ese Olimpo que componen los jugadores como Messi, Cristiano Ronaldo o Ibrahimovic. En apenas ciento cincuenta páginas, el autor nos lleva desde la zozobra de la poética que destila este personaje derrotado, hasta la parte más oscura y corrupta de la realidad. Autor habitual de novela negra, la alternancia en paralelo de los acontecimientos presentes con la carrera de Silvano teje un entramado donde el propio lector tiene que tomar partido hasta la sorpresiva revelación final. Para todos aquellos que malgastaron también las segundas oportunidades, se trata de una lectura imprescindible.

Nada se opone a la noche, de Deplphine de Vigan

En este lado de la vida Uno de los actos más íntimos posibles es quitarse la vida por la propia mano. El valor o la cobardía que se requiere para desaparecer por voluntad propia es una cuestión que queda entre el suicida y la pastilla, el frasco de veneno, el puñal o la pistola. A los que se quedan de este lado de la vida sólo les queda la conjetura, aventurarse a imaginar los motivos, creer o no en la nota que no todos los suicidas dejan, añadir una muesca indeleble en sus hitos vitales. Cuando ocurre un suicidio en una familia, lo habitual es ocultarlo, apartar el tema y tratar de que nadie lo sepa. Hay algo de vergonzoso en la idea de que la persona que lo ha hecho se ha rendido, ha renunciado a tratar de darle un sentido a todo, y esa vergüenza mancha a todos los que le rodeaban. La escritora francesa Delphine de Vigan encontró muerta a su madre, Lucile, con tan sólo 61 años. Resultaba evidente que Lucile se había quitado de en medio después de haber intentado en repetidas ocasiones superar una vida llena de caos, con episodios de internamiento en psiquiátricos y una ristra de amores desgraciados. Con una valentía admirable, de Vigan decidió tratar de comprender a su madre mediante un acto literario. Entrevistó a los hermanos sobrevivientes de Lucile, reunió las grabaciones de su abuelo, los testimonios, las imágenes y todo lo que pudo encontrar, y trató de darles forma de libro. El resultado es casi lo que podemos denominar un clásico instantáneo, un ejercicio de estilo que nos muestra cómo enfrentar la propia vida y tratar de comprender la de los demás. Los buenos libros, los que no tratan de enseñar nada activamente pero dejan un poso en los lectores, deberían parecerse a “Nada se opone a la noche” Los problemas que plantea una novela de este tipo han sido solventados con mucha solvencia por parte de la autora: por un lado, una narración en primera persona, al borde de la autoficción, pero con pocos toques de verdadera ficción; por otro, la división en tres bloques que encajan como un puzle virtuoso: la infancia no tan feliz, la época de la libertad de Lucile, y el desmoronamiento intelectual a través del prisma de sus dos hijas. Los capítulos se ven salpicados por bloques de texto donde la escritora describe el dolor y la complejidad del proceso. Cómo está reuniendo y tratando el material, la renuencia de parte de la familia a sacar a la luz aspectos concretos de su propia historia, o cómo su propio entorno reacciona a los hallazgos de Delphine. Los buenos libros, los que no tratan de enseñar nada activamente pero dejan un poso en los lectores, deberían parecerse a “Nada se opone a la noche”: de forma sutil, la escritora abre una pequeña ventana a un mundo donde el lector no está seguro de querer entrar, y para cuando asoma tímidamente la cabeza en las diferentes tramas, aparece siempre “la revelación”, un nuevo punto de apoyo para el suicidio de Lucile, que hace tambalear el suelo bajo los pies de su hija. “Nada se opone a la noche” viene a confirmar el rotundo comienzo de Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen entre sí, pero las familias infelices lo son a su propia manera”, y la manera de esta familia atraviesa tres generaciones y un pequeño compendio de éxitos y fracasos cotidianos. Crítica publicada en el Diario Información Delphine de Vigan; Nada se opone a la noche. Editorial Anagrama. 376 páginas, 19’90 euros.

Entrevista a Jaime Rubio

Jaime Rubio (Barcelona, 1977) acaba de publicar su tercera novela, “El problema de la bala”, a través de la editorial Libro de Notas. Ambos representan la punta del iceberg de un formato que ya se está asentando: la edición digital. La novela destila un humor surrealista que Rubio no puede abandonar ni contestando nuestras preguntas. Pero hay que tomarlo en serio: tal y como el propio autor dice, el sentido del humor es la mejor manera de contar las cosas. No sé si sabría escribir algo que no hiciera reír La primera pregunta parece demasiado obvia: ¿Por qué publicar en digital? Publicar en digital es más fácil y más barato, por lo que se convierte en el método más sencillo para que alguien muy poco conocido y con el talento justo (estoy hablando de mí) pueda publicar sus libros y que se lean. También es adecuado porque el formato digital permite ofrecer los libros a precios más bajos, con lo que es aún más fácil que alguien se anime a comprar el libro de un desconocido. El problema de la bala cuesta 2,86 euros, que es más o menos el precio de un café y un croissant. Sí, el desayuno es la comida más importante del día, pero por un día no te vas a morir. O igual sí. No soy médico. Da la impresión de que el llamado “futuro de los libros”, leer en digital, no acaba de llegar nunca. ¿Dónde cree que está el problema? En realidad, no creo que haya ningún problema, al contrario. Ya hay mucha gente que usa lectores electrónicos y gente además de edades muy diferentes. Veo aparatitos de estos cada mañana en el metro, por ejemplo. Y por algún motivo, se ha convertido en el regalo perfecto para las madres, lo cual (y que se me perdone la generalización) ya indica que son dispositivos fáciles de usar y que ofrecen una experiencia de lectura lo suficientemente agradable como para no echar de menos el papel. Pero el libro en papel puede competir en igualdad de condiciones con el e-book, al contrario de lo que ocurría con el mp3 y el CD. Es muy práctico, es agradable al tacto y a la vista y no necesita batería, por ejemplo y por no entrar ni siquiera en aspectos fetichistas. El libro electrónico y el libro en papel convivirán durante mucho tiempo. El libro electrónico será muy útil para determinados libros (autores noveles, algunos ensayos más ceñidos a la actualidad, quizás y por ejemplo), mientras que el libro en papel mantendrá su público, que no creo que se ciña únicamente a las ediciones más cuidadas y lujosas. Cualquiera que esté leyendo esta entrevista hará bien en obviar mi libro y leer El tercer policía, En Nadar-dos-pájaros o los artículos de Flann O’Brian ¿Cómo es el proceso de edición digital, de la mano de Libro de Notas Por lo que a mí respecta, ninguna. Yo escribo el libro y se lo entrego a la gente de Libro de Notas, que cuida el texto con la máxima atención. Publicar con Libro de Notas tiene la ventaja de que son gente que conoce muy bien internet y que lleva años creando una comunidad de lectores alrededor tanto de su blog, como de la editorial, como ahora en Twitter. Es decir, además de que les gusta mucho editar y tienen muy buen criterio, saben perfectamente cómo promocionar el libro y sacar el máximo partido a sus recursos. Editar en formato ebook, ¿es una militancia de la que está convencido, o dará pronto el salto a la edición tradicional? No se trata de militancia, pero sí que me parece fundamental que cualquier libro esté también disponible en formato electrónico. Me parece una falta de respeto buscar la edición electrónica de un libro y no encontrarla. El miedo a perder negocio me parece ridículo porque yo he comprado libros en edición electrónica que no compraría en papel (porque me parece bien gastar 4 o 5 euros en uno de esos libros, pero prefiero gastarme 15 o 20 en otros). Por otro lado, creo que la edición tradicional única y exclusivamente en papel será para títulos muy específicos y editoriales que hagan cosas muy concretas. La tendencia será a ponérselo fácil al lector y a darle el mayor número de opciones posibles. El género que ha escogido, el humor surrealista, parece que también es algo arriesgado: no se leen demasiadas obras con ese estilo. No sé si es un riesgo, ya que es lo que me gusta (o al menos, una de las cosas que me gustan). Para mí, un riesgo sería escribir una novela de amor porque no sé nada del tema y me daría mucha pereza documentarme. También me parece curioso que no sea un género tan practicado, porque creo que a todos (o a casi todos), nos gusta reírnos. Sobre todo de la gente que se cae. Jajaja… Hace un rato he visto a un señor que se ha caído por las escaleras… Qué risa. Y qué bueno cuando el médico ha dicho que se había muerto. Se me saltaban las lágrimas. Como a su viuda. Da la impresión de que el irlandés Flann O’Brien es uno de los escritores que más han influido en El problema de la bala. Desde luego, Flann O’Brien me encanta, y cualquiera que esté leyendo esta entrevista hará bien en obviar mi libro y leer El tercer policía, En Nadar-dos-pájaros o sus artículos. También me gusta el humor de Spike Milligan, en especial los Goons, el programa de radio que hacía con Peter Sellers y que los propios Monty Python citarían como una de sus principales influencias. Y disfruto con autores como Jardiel Poncela, Mihura, Wodehouse, Simon Rich, Jack Handey y los cuentos de Woody Allen, por poner unos ejemplos. Desde luego, no quiero(ni puedo) compararme con ellos, pero me gusta mucho con este humor absurdo, en el que parece que no se diga nada de importancia, hasta que uno se da cuenta de … Leer más

La nube de la muerte, Andrew Lane

Holmes con acné Lane, Andrew. El joven Sherlock Holmes. La nube de la muerte. Editorial Siruela. 286 páginas, 16’95 euros. El verano es la época que se reserva por excelencia para abordar las grandes lecturas que se han dejado pendientes a lo largo del año: las tardes de canícula, amenizadas por las retransmisiones del Tour de Francia o por la engolada voz de algún locutor de documentales imposibles, son perfectas para abordar la lectura del Quijote, Guerra y Paz o el Ulysses de Joyce. Para los que no tienen una voluntad de hierro, lo mejor es dejarse llevar y emplear la época estival volviendo a las lecturas que nos hicieron felices de pequeños: los libros de aventuras. El verano es el territorio más fecundo para que pasen cosas diferentes al resto del año, tanto en la vida real como en la literaria: desde Sandokán abordando a los piratas hasta Phileas Fogg cruzando el mundo entero por una apuesta. Con este espíritu, ha llegado en verano la primera secuela oficial del detective más famoso de todos los tiempos: “El joven Sherlock Holmes: la nube de la muerte”. En cualquier librería pueden encontrarse numerosos libros que tratan de seguir el canon de Arthur Conan Doyle, con disparates tan divertidos como, por ejemplo, enfrentamientos de Holmes y Watson contra zombies. De todos, quizá el más acertado fue “Los años perdidos de Sherlock Holmes”, editado por Acantilado, y que daba cuenta de las actividades de Holmes en el periodo que transcurre entre su caída por las cataratas de Reichenbach y su reaparición en Londres. Los herederos del escritor escocés han autorizado por primera vez una serie “oficial”, y lo han dejado en manos de una de las personas más adecuadas para ello: el escritor y “holmesiano” Andrew Lane. El primer acierto a la hora de continuar con el canon de un mito de las dimensiones del inquilino del 221b de Baker Street es el de no haber escogido retomar la narración donde la dejó Conan Doyle. Se trata de una novela juvenil, donde se muestra la primera adolescencia del detective. El segundo acierto, más importante aún, ha sido evitar deliberadamente copiar el estilo de las historias de Sherlock Holmes y buscar una voz propia, que dé entidad al personaje sin que se separe del modelo original. En cuanto a la historia, muchos de sus valores son reconocer tics y gestos que ya sabemos de Holmes, además de los orígenes de su gusto por disciplinas como las matemáticas, la esgrima,  y, sobre todo, el arte de la deducción. También se rompe con el esquema clásico, para dar un salto hacia el relato de acción y aventuras, con un código y un lenguaje que, sin abandonar la época donde está ambientado el libro, se ha traído a la actualidad. Casi podríamos estar hablando de un thriller o de una novela clásica de aventuras, con el aliciente de toda la documentación previa que el autor ha recopilado para dar consistencia al personaje. El resultado es una obra que no sólo cumple la papeleta, sino que pone el listón muy alto para todos los émulos de Conan Doyle que han de seguir apareciendo, y que nos reconcilia con la novela de aventuras en estado puro. Reseña publicada en el Diario Información

No dormir nunca más, de Willem Frederik Hermans

Descenso hacia la nada Willem Frederik Hermans, No dormir nunca más. Tusquets, 376 páginas, 19 euros. La ausencia de traducciones al castellano de los libros de Willem Frederik Hermans era una carencia que Tusquets comenzó a subsanar con la publicación de El cuarto oscuro de Damocles, y que continuó con el volumen que nos ocupa. Parte de la culpa de que su obra prácticamente sólo pudiese encontrar en su lenguaje materno, el holandés, es del propio autor, que tras leer las primeras traducciones de sus novelas, poemas y ensayos a otros idiomas consideró que éstas eran “insatisfactorias”, y prohibió que se volcasen a ningún idioma. Su peripecia vital incluye parte de su infancia en la Holanda ocupada por los nazis y una errática carrera como profesor de geografía en la universidad de Groninga, de la que fue invitado a irse por pasar más tiempo dedicado a escribir que a dar clase. Comparado con Kafka y Céline, Hermans practica un existencialismo plagado de humor. La novela ayuda a verlo todo de otra manera, una de las funciones primordiales de la literatura. No dormir nunca más cuenta la aventura de Alfred Issendorf, un recién licenciado en geología holandés que se enrola en una expedición por el desierto helado del norte de Noruega para encontrar la prueba de que unas curiosas erosiones del terreno han sido provocadas por meteoritos. Pronto, el propio Alfred nos revelará que no es la persona ideal para este tipo de viajes, y que ni siquiera tenía vocación de geólogo: la sombra de un padre científico que murió siendo Alfred niño le destinó a terminar un destino. Llevados por esta breve interrupción, podríamos pensar que vamos a asistir a una novela de aventuras -dicho sea sin desdeñar ese género- pero Alfred es un antihéroe, un pez fuera del agua incluso en su propia casa, que va torciendo sus planes y los de todos los que se encuentran a su alrededor. La separación de su hogar para enfrentarse a la naturaleza extrema en Noruega le hace empezar a cuestionarse los motivos reales del viaje, los porqués de sus elecciones hasta ese momento y lo vano de sus ansias por realizar un hallazgo científico del que su padre se hubiese sentido orgulloso. En la cita que ilustra el libro, Isaac Newton afirma no saber cómo le verá el resto del mundo, él se sigue viendo “como un niño que juega en la playa mientras el océano de la verdad se extiende ante él, inexplorado”. Alfred deberá pasar por el trance de verse incapaz de continuar con la expedición, sentirse traicionado por sus compañeros y perderse en la tundra para llegar a una conclusión parecida. No dormir nunca más es una novela sobre la mezquindad humana y la futilidad incluso de la ciencia a la hora de tratar de explicarnos en el universo y de explicar al propio universo: Hermans se burla en la primera parte, cuando Alfred todavía mantiene el impulso por el viaje y la gloria, del mundo académico, de la necesidad de encontrar un lugar en la sociedad, de sus propios orígenes y de qué cosas son valiosas para configurarnos como individuos, y dedica la segunda parte del libro, precisamente cuando el protagonista está perdido en un paraje desolado, a recoger todas esas ironías con las que Alfred finalmente encuentra un sentido -en la falta de sentido- a su peripecia. Lean No dormir nunca más: no les quitará el sueño, pero les ayudará a verlo todo de otra manera, una de las funciones primordiales de la literatura. Reseña publicada en el Diario Información

Dos libros de Leonard Cohen

La poesía viene de un lugar que nadie controla Cohen, Leonard; El libro del anhelo. Editorial Lumen Cohen Leonard; El juego favorito. Editorial Edhasa   Es más que pertinente traer aquí dos libros de Leonard Cohen: después de treinta ediciones, el jurado del premio Príncipe de Asturias decidió conceder este año, por primera vez en el apartado de “Letras”, su galardón a un cantante. Al igual que cuando Bob Dylan ha estado nominado (y en algún caso, favorito en las apuestas) para el Nobel de literatura, Cohen recibe, obviamente, este premio por las letras de sus canciones no por su música, sino por su producción literaria, que ahora se ve felizmente reeditada al calor del premio. También es oportuno empezar por la parte más insólita: la narrativa, a través de una novela que Cohen escribió hace casi cincuenta años y que ahora reaparece en Edhasa, “El juego favorito”, donde un alter ego adolescente del autor pasea por las calles de Montreal descubriendo el mundo y perdiéndose a sí mismo en el camino. A pesar de haber sido publicada en 1963, cuando Cohen no había alcanzado la treintena, no se trata de un autor buscando una voz propia, sino lo que está buscando es la forma que esa voz ha de tener ante los demás: en ese año ya había publicado dos libros de versos, pero ningún disco. Como señaló en su discurso de recepción del Príncipe de Asturias, no fue hasta después de leer a Lorca cuando encontró exactamente lo que quería decir. Permítanme citar ese discurso, justo cuando habla del poeta granadino y de lo que aprendió: <<Nunca debemos lamentar. Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos, tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y de la belleza>>. Si hay algún profesor de secundaria leyéndome ahora, por favor: dé a sus alumnos en clase el texto completo del discurso. Les enseñará en apenas siete párrafos qué es realmente la poesía.  Volviendo a la novela, es, como puede preverse, una novela de iniciación donde aparecerán prefigurados los temas que han acompañado la discografía y poesía del autor: la soledad radical, el deseo, el impulso sexual, la derrota… mediante auténticos puzles de palabras e ideas, que tratan de introducirnos en la mente del autor. El volumen de poemas, “El libro del anhelo”, contiene unas doscientas poesías y otros tantos dibujos, y tienen el interés de que, aun dentro de la poética de Cohen, muchos de ellos fueron escritos durante el tiempo que el autor se hizo ordenar monje budista, y vivió en el monasterio de Mount Baldy con el sobrenombre de “El silencioso”. Como señaló él mismo al recoger el galardón, <<la poesía viene de un lugar que nadie controla>>, y las composiciones fechadas en esa “época zen” parecen venir de un lugar especialmente oscuro, donde ha estado jugando con una mirada más sencilla sobre las cosas y la inevitable burla hacia sí mismo. También hay numerosos poemas que no corresponden a su retiro, pero sí a una de sus peores épocas: en esos años, su representante aprovechó para robarle todo el dinero que Cohen había ahorrado, lo que obligó al cantante a volver a los escenarios en una agotadora gira mundial que le hizo desmayarse durante su concierto de Valencia.  Fue el colofón a una representación del antihéroe, la materialización del personaje que quizá el propio artista no pueda separar de sí mismo, que tanto atrae a sus fans en todo el mundo, y que quizá queda brevemente reflejado en una de las frases del libro: “Yo soy vuestra niebla. Pero no tengáis miedo”. Reseña aparecida en el Diario Información

Los infinitos, de John Banville

Un Anfitrión irlandés John Banville,  Los infinitos. Editorial Anagrama. 296 páginas, 19’90 euros. Esta es una novela que transcurre en un solo lugar, en un único día y donde casi todo lo que ocurre es a través del diálogo de sus personajes o a través de monólogos internos. Atendiendo a esta unidad de lugar, tiempo y acción, podríamos pensar que esta novela tiene vocación de obra de teatro. John Banville ha utilizado como inspiración la obra clásica “Anfitrión”, de Plauto, y se la ha llevado a una casa campestre en un punto indeterminado de Irlanda. El narrador en el arranque de la novela, y en gran parte de ella, es el propio Mercurio, mensajero de los dioses. Revolotea en los alrededores de la casa para hacernos notar un suceso: Adam y su esposa Helen (como se puede notar, los nombres de los personajes también son significativos) vuelven a casa de éste para asistir a la muerte de Adam padre, postrado en cama y desahuciado. La premisa es que el paganismo ha sido erradicado de nuestras creencias, pero no de la realidad, y el propio Júpiter se entrometerá en el transcurso del día que ocupa el libro. Los dioses toman distancia de los humanos, se ríen de sus anhelos y se extrañan del deseo de inmortalidad, que para ellos es un castigo. En un par de ocasiones, se personifican, Mercurio para turbar a la criada –una aristócrata venida a menos-, y Júpiter por su consabido apetito sexual, reproduciendo con Helen y Adam el episodio de Anfitrión. Banville representa el cosmos en esa familia que se completa con la hermana de Adam, deficiente mental, su novio y la segunda esposa de Adam padre, más un enigmático personaje que presentaremos más adelante. Adam padre, postrado en una cama en estado comatoso, es el otro narrador. A través de su intensa actividad mental observará a los habitantes de la casa, y reproducirá los momentos de su vida que le han llevado ahí. Como un contemporáneo Xavier de Maistre, ahorrándose los minuciosos detalles descriptivos, desvelará mediante impotencia de su estado las mentiras a las que hemos asistido entre los habitantes de la villa. Como no hay Eros sin Tánatos, aparecerá de repente el personaje más ambiguo la historia: Benny, un antiguo amigo del patriarca, que oscilará entre los dioses y los mortales cumpliendo el papel de Tiresias. Educado y juguetón, como un diablo del sexto círculo, vendrá a turbar la relativa calma con la que todos están esperando la muerte de Adam, sacará a la luz otro juego literario: Helen está a punto de estrenar “Anfitrión”, en la que hace el papel de Alcmena, y sobre todo removerá los recuerdos de Adam padre, compañero de correrías de juventud. El riesgo y el acierto de “Los infinitos” es escoger a un dios de la mitología griega como narrador: desde su distancia, los actos humanos más trascendentes, estúpidos o extravagantes cobran una pátina de distanciamiento que, pese a lo que pueda parecer, no los hace resultar vulgares. La narración desde una entidad superior, inmutable y eterna relativiza las pasiones humanas, pero se ve contrarrestada por la envidia que los dioses tienen ante la posibilidad de los humanos sentir amor, y de que cualquier suceso pueda ser importante. Aburridos, los dioses se retiran con la llegada de la mañana, la tranquilidad regresa a la tierra. Artículo publicado en el Diario Información Ficha de Los infinitos en Goodreads

La niña leona, de Erik Fosnes Hansen

Guía de supervivencia para monstruos La abundancia de lo que la crítica empieza a llamar “Novela negra escandinava” como un subgénero en sí mismo, no impide que heroicas ediciones de libros que no tienen nada que ver con asesinatos, investigaciones policiales y suburbios de Estocolmo lleguen, desde el frío Norte, hasta nosotros. Encomiable es, en este sentido, la labor de Nørdica Libros, con traducciones por primera vez al castellano de obras clásicas, o dándonos la oportunidad de conocer a autores que, de otra manera, quedarían sepultados en nuestros anaqueles bajo el fenómeno Larsson. Ha tenido que ser, sin embargo, en JP Libros donde Erik Fosnes Hansen publique su cuarta novela. Fosnes es una “rara avis” en el mundo literario, ya que además de las novelas, cuenta en su haber con un libro de cocina, una guía sobre Roma y una biografía de la princesa Marta Luisa de Noruega. En la parte que nos toca, la de las novelas, al castellano sólo hay traducidas dos: la original “Himno al final del viaje”, que cuenta el hundimiento del Titanic desde la perspectiva de los músicos que decidieron hundirse con el barco, y “Momentos de protección”, tres novelas cortas de excelente factura. “La niña leona”, premio de los libreros noruegos, cuenta la historia de Eva, una niña que nace con hipertricosis congénita, esto es, con el cuerpo entero cubierto de pelo, en un momento indeterminado de la primera mitad del siglo pasado. Su madre muere en el parto y su padre, ya mayor, es un anticuado jefe de estación de tren que acepta la situación como un castigo divino. Al igual que hiciera con las historias de “Momentos de protección”, Fosnes ataca cada personaje desde diferentes técnicas narrativas, estirándolos en una línea de tiempo que irá mostrando con diversas estrategias de escritura, según conviene al relato. La protagonista y sus secundarios-satélite son personajes alucinados que no pueden ser explicados con una sola acción o únicamente con un rasgo; puede decirse, eso sí, que no son juzgados por sus faltas ni buscan la redención, que no buscan rebelarse contra su destino sino acoplarse en el mundo, o al menos que el mundo les deje ir a su aire. En un ambiente frío, lleno de rechazos y donde no parece poder alcanzarse más felicidad que una falsa burbuja donde Eva, su padre y su nodriza fingen “ser como los demás”, es curioso que el personaje más lúcido de la novela sea un hombre con piel de lagarto, integrante de un circo de rarezas, que sí ha entendido las reglas de juego que los personajes irán aprendiendo. Fosnes huye de un tono moralista al narrar las miserias de los compañeros de Eva, o las dificultades que tiene que sufrir lo que, lejos de situarnos en un relativismo moral, nos acerca a un abismo personal al ponernos frente a los ojos, de manera más normal, el horror. El narrador juega con nosotros, ya sea interpelándonos directamente desde la voz del jefe de pista de un espectáculo de “freaks”, como lanzándonos del diario de un personaje al monólogo interior de otro. Cualquier cosa es válida para mostrarnos que el monstruo, esta vez, habita en nosotros. Crítica publicada en el Diario Información Erik Fosnes Hansen en Goodreads – La niña leona Fosnes Hansen, Erik; La niña leona. Editorial Juntando Palabras  

Que el vasto mundo siga girando, Colum McCann

Postales desde el abismo   El mundo es un lugar extraño donde lo extraño es no encontrarse y lo habitual es la coincidencia, la serendipia, las vidas trenzadas por el azar. Esa es la premisa que descansa en las historias de “Que el vasto mundo siga girando”, la ganadora el año pasado del National Book Award de Estados Unidos. La hilazón entre los personajes es el paseo que, en 1974, dio el funambulista Phillipe Petit entre las torres gemelas: a partir de esa única imagen, poderosa como todas las que nos remiten a un individuo enfrentándose a lo imposible, y del deseo de McCann tras el 11-S de escribir una historia donde el World Trade Center tuviese un papel central, está armada toda la narración. Los personajes, de uno u otro modo, están relacionados con la hazaña de Petit, lo cual sirve de excusa para contarnos su historia: por un lado, un sacerdote irlandés que cuida de las prostitutas del Bronx recibe la visita de su hermano; un grupo de madres que han perdido a sus hijos en Vietnam se reúnen en casa de la mujer del juez que juzgó a Petit, destacando entre ellas una habitante de ese Bronx; unos hackers californianos se enteran de la noticia e interceptan las cabinas de los alrededores de las torres gemelas; la propia historia del juez donde condenaron a Petit a una multa de un dólar por cada piso de las torres gemelas y a actuar gratis para los niños; dos artistas en desintoxicación que sufren una traumática experiencia y que se verán envuelta en la última de las historias, la de la madre de una de las prostitutas, que también ejerce como tal, y la batalla por la custodia de sus nietas. Sin olvidar la del propio Petit y su entrenamiento. Expuestas de este modo, las historias de “Que el vasto mundo siga girando” pueden parecer un simple puzzle, un juego de escritura poliédrica, pero poseen una fuerza atrayente a través del dibujo de sus personajes. McCann crea personajes puestos al límite, no ya en situaciones especiales, sino en su periplo vital, y los zarandea hasta asomarlos al barranco final, los sitúa ante la última prueba y los deja allí, para acometer la narración de una nueva historia que tenderá lazos con la anterior. En este modo de narrar, no es tan importante asistir al desenlace de las historias como la obligación en la que el autor nos pone de tomar partido por los personajes, somos nosotros los que tendremos que salvarnos o condenarlos, al margen de que se nos narre, siempre en las siguientes historias y de forma trivial, cómo acaban. Para entonces, ya no nos importa tanto la suerte individual de esos personajes como el peso que sus decisiones han tenido para la trama y que, como único recurso para que la ésta no se cierre sobre sí misma, contiene una última historia-epílogo que transcurre en la actualidad, y que supone una especie de redención para los personajes. Es posible que, tal y como está aquí expuesto el “esqueleto” de esta novela, les recuerde a la trama de otra obra narrativa que ha estado en boca de todos últimamente: la serie de televisión “Perdidos”, donde un reparto coral de personajes estuvieron buscando su redención personal durante más de cien películas. No parece casual que el creador de la serie, J. J. Abrams, haya comprado los derechos de “Que el vasto mundo siga girando” para hacer una película, y seguramente volverá a acertar en el retrato del ciudadano occidental a principios del siglo XXI: hombres y mujeres perdidos, buscando una salvación que, con suerte, no existe. Reseña publicada en el Diario Información McCann, Colum; Que el vasto mundo siga girando. Ed. RBA