Óscar Mora

El libro del verano, Tove Jansson

Fragmentos de un verano infinito

El libro del verano, Tove Jansson. Editorial Minúscula. Traducción de Carmen Montes Cano. 184 páginas, 17’50 €

Nunca fuimos tan felices como cuando no sabíamos que lo estábamos siendo. La amargura, la pena o la frustración no necesitan afirmarse ni explicarse, sino que son sentimientos completos, redondos. Uno sabe que es plenamente desgraciado e intenta por todos los medios dejar ese estado, o se abandona absolutamente a él, consciente de estar invadido por la pena. ¿Cuál es la escena más memorable de Shakespeare? El monólogo de Hamlet a la calavera de Yorick. ¿Qué aventura del Quijote se repite en las antologías escolares? La de un hombre alucinado lanzado al galope hasta que se choca contra un molino. ¿Qué páginas de Saramago son las que mejor han perdurado? Las de los infames sucesos del Ensayo sobre la ceguera. Valen estos ejemplos que no pretenden ser exhaustivos, pero podemos comprender mejor la tristeza y la fatalidad porque la felicidad nunca es completa: cuando somos conscientes de haberla alcanzado, inmediatamente después nos asalta el temor a perderla, o la certeza de que es pasajera. La dibujante y escritora Tove Jansson no alcanzó esa felicidad plena hasta que no consiguió apartarse parcialmente del mundo, e irse a pasar largas temporadas junto con su pareja, la también artista Tuulikki Pietilä, a la diminuta y rocosa isla de Klovharu. Desde 1964 hasta la década de los 90, Tove y Tuulikki recuperaban en los improbables veranos finlandeses esa felicidad original y pura que emana casi siempre de algún lugar de la infancia.

Tove Jansson en 1956.
Tove Jansson en 1956.

De esa época nace El libro del verano, publicado originalmente en 1972 y editado ahora por Angle Editorial con traducción de Montserrat Vallvé. Son veintidós escenas que se abren con una niña ayudando a su abuela a encontrar la dentadura postiza caída entre unas peonías, y acaban confundiendo el sonido de un barco con los latidos del corazón de la niña. Pero no es un lugar idílico, «¿Tú cuándo te vas a morir?», pregunta la niña en el primero de los textos, «Pronto. Pero eso no es asunto tuyo», le contesta la abuela. La isla donde pasan los veranos abuela y nieta no es un lugar feliz, ni tiene por qué serlo; es un viaje lento y ramificado hacia el descubrimiento no de qué es la vida y la felicidad, ni qué no es: una carrera jalonando objetivos hasta llegar a la siguiente etapa. Estamos aquí, estamos ahora, quizá podríamos quedarnos un poco más, pero no sabemos lo que vamos a hacer. En general, nadie lo sabe, y la elección de estos dos personajes, una niña que está descubriendo el mundo y una anciana traviesa que se debate entre conservar y despreciar sus recuerdos, es perfecta para llevarnos de la mano a un lugar tan sólido como imaginario donde los milagros más corrientes pueden ocurrir.

A veces las personas son como son y, por ejemplo, quieren un gatito en junio y que le ahoguen al dichoso gatito a primeros de septiembre. Todo se arregla. Pero otras veces la gente tiene un sueño y quiere algo que conservar mucho tiempo.

El fragmento es del capítulo «Solsticio de verano», y resulta curioso leer unas frases tan crueles en la pluma de una de las autoras infantiles más conocidas y queridas del mundo. Pero no hay que olvidar que Tove Jansson creó a sus criaturas más famosas, los Moomins, en los inicios de la Segunda Guerra Mundial como manera de evadirse y enfrentar el horror que tenía a su alrededor. Hija de un escultor y de una diseñadora gráfica, en su casa familiar siempre se alentó a sus hijos a que buscaran y desarrollaran sus talentos, pero Tove lo tenía claro y ya de adolescente anotó en su diario «Quiero ser una salvaje, no una artista». A pesar de ello, se fue a París con veinte años a estudiar en las Escuela de Bellas Artes; escuela que abandonó a las dos semanas para cumplir su profecía de ser una artista, sí, pero salvaje. Se refugió en los peludos trolls porque «cuando me sentía deprimida o asustada por los bombardeos (…) accedía a un mundo increíble donde todo eran natural, benigno —y posible». Después de siete años y diez mil dibujos, abandonó el mundo de los Moomins para no volver nunca más a él.

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Volviendo a El libro del verano, es difícil describir con precisión sus virtudes sin aludir a que la prosa es muy liviana, muy sencilla, con esa falsa sencillez que tienen los textos certeros. Nieta y abuela hablan de temas como la muerte, la existencia de Dios o el amor sin buscar un relato edulcorado ni caer en una crudeza cruel, destilando de una manera franca un verano que parece que no va a acabar nunca y en el que cabe desde la aventura de reconstruir Venecia en un pantano hasta el entierro de un pato marino, pasando por pedir a Dios que provoque una tormenta devastadora para «que pase algo (…) porque me muero de aburrimiento». La autora se desdobla en los dos personajes, y el lector a veces puede ver a veces a la niña que está creciendo y atisba que la felicidad de ese verano primordial y último en su plenitud no va a durar siempre; y otras a la mujer madura que quiere seguir jugando, pero para la que el juego de la vida ha perdido un poco de atractivo porque ya conoce las normas que lo rigen.

Dichosa niña, pensó la abuela, qué demonio de niña. Pero claro, es lo que pasa cuando los que han alcanzado la edad justa le prohíben a uno todo lo que es divertido,

dice la abuela en una excursión donde ella se olvida de fumar a escondidas, y la niña la ayuda a que trasgredan una de las prohibiciones de su padre.

No es posible volver al verano de nuestras vidas, como tampoco es posible ser conscientes en ese momento de que está pasándonos algo que nos cambiará y será para siempre. Pero sí podemos darle un final digno, poético y burlón al mismo tiempo, a esos recuerdos gracias a los recuerdos exagerados e inventados de Tove Jansson. Un final enmarcado por el comienzo del capítulo veintidós:

Cada día caen oscuras las noches sin sentir. Algunas tardes de agosto, cuando hay que salir a hacer algo fuera, todo queda de pronto en la más absoluta oscuridad, un gran silencio negro envuelve la casa. Sigue siendo verano, pero el verano ha dejado de estar vivo, se ha detenido sin amustiarse, y el otoño todavía no está listo para hacer acto de presencia. Aún no hay estrellas, solo oscuridad.

Feliz verano eterno para todos los que lean este libro.