En el corazón del mal

Nathaniel Philbrick, “En el corazón del mar”. Editorial Seix Barral, 413 páginas. 19’90 euros

En el siglo XIX, un joven perseguía su sueño de enrolarse en un barco. Había sublimado su pasión por el líquido elemento entrando en contacto con marineros y arponeros, y también con algunas reliquias y relatos de varios sonados naufragios, entre ellos el del barco ballenero Essex. Unos cuantos años antes, no importa exactamente cuántos, pensó que debería darse al mar para ver la parte líquida del mundo, teniendo poco o ningún dinero en su billetera. Podríamos llamarle Herman, y al relato del naufragio del Essex, que le fue confiado por el hijo de uno de los supervivientes, le debemos una de las novelas principales de la historia de la literatura: “Moby Dick, o la ballena”.

Melville murió habiendo tenido cierto éxito con sus primeras novelas sobre el mar, pero cosechando un sonoro fracaso con “Moby Dick”, que no entró en la cultura popular hasta la segunda década del siglo XX. Igual que el leviatán había arrastrado a Ahab a las profundidades abisales, la novela cumbre de Melville le sumió en el más oscuro de los pozos del alma humana, del que no volvió a salir en el resto de su vida. La versión cinematográfica de esta novela ha explotado la obsesión de Melville por documentar el hundimiento del Essex, y la evidente influencia que tuvo sobre “Moby Dick”, pero “En el corazón del mar” es uno de esos libros híbridos, cuyo contenido bordea la ficción usando para su confección exclusivamente testimonios reales. El cuaderno de bitácora de uno de los oficiales, las memorias de uno de los grumetes, el libro que dos de los supervivientes publicaron poco después y algunos textos más son las bases de la narración, a la que se une el conocimiento erudito de Philbrick.

El barco ballenero Essex partió de Nantucket con 21 marineros. En aquella época, Nantucket era uno de los centros económicos de Norteamérica gracias a la pesca del cachalote, y Philbrick describe morosamente las relaciones de sus habitantes, su composición social y el estatus que otorgaba ser nativo de esta isla. De esos marineros, buena parte eran hijos de Nantucket, unos pocos de poblaciones balleneras cercanas, y un reducido grupo de negros. El pusilánime carácter del capitán le llevó a tomar algunas decisiones erradas al comienzo de la travesía, y sufrieron por ello algunos reveses y contratiempos que minaron la moral de la tripulación. La deserción de un marinero en Sudamérica fue la última de las desgracias justo antes de que su suerte cambiara, y comenzaran a dar muerte a cachalotes de dos en dos. Entonces fue cuando el Essex se encontró con el leviatán: un cachalote macho de unos cuarenta y seis metros de largo, cubierto de cicatrices y, según el relato de los marineros, con una “determinación maligna”. No hay constancia de que ningún cachalote se hubiese mostrado hostil con una embarcación. Embistió repentinamente dos veces contra el gran barco, llevándolo a pique y dejando a los supervivientes flotando en el centro del océano Pacífico.

En el corazón del marLas islas más orientales de la Polinesia habrían sido el destino lógico al que dirigirse, pero los marineros desconfiaban de ellas, ya que tenían noticia de que los nativos practicaban el canibalismo. Las tres embarcaciones de seis metros de eslora pusieron rumbo hacia América del Sur, y con ese nuevo error del capitán del Essex cayeron en uno de los límites de lo que podemos considerar humanidad, y del que precisamente habían huido: el canibalismo. Philbrick señala varias veces que los negros fueron los primeros marineros en ser devorados por sus compañeros. No pudiendo probar la insinuación, no cuesta nada creer que el Mal, formulado en su peor esencia, se infiltró a través de aquel cachalote en los supervivientes, llegó a los oídos y mente de Melville y de ahí viajó al corazón de uno de los arquetipos de la literatura moderna: Ahab, o el marinero.

Artículo publicado en el Diario Información (suscriptores).
Web del autor · Reportaje/entrevista de Jacinto Antón