Cuando miente la memoria

John Irving, Avenida de los misterios. Tusquets, 637 páginas. 22’90 €

Reseña publicada en el diario Información (Suscriptores)

Durante los últimos veinte años, John Irving ha estado viajando intermitentemente a México, y ha creído que  las notas que tomaba en cada viaje formaban parte del guion de una película. En ese lapso de tiempo, el autor norteamericano ha escrito “Personas como yo”, “La última noche en Twisted River”, “Una mujer difícil” o el guion de “Las normas de la casa de la sidra”, por el que ganó un Oscar, pero la historia mexicana se le resistía, hasta que se dio cuenta de que lo que había escrito, finalmente, era una novela que nos trae de nuevo al mejor Irving de “El mundo según Garp” o “El hotel New Hampshire”. El humor, la ironía y el cinismo propios de otras de sus novelas toman aquí un tono más amargo, presentando un personaje más desorientado de lo habitual y más desapegado de un mundo que considera monstruoso y se vuelve hostil una vez que se ha superado la infancia.

La fragilidad de la memoria y su capacidad para crear mentiras que deforman nuestro presente acompaña cada párrafo hasta el final exacto de la novela

Juan Diego es un escritor de 54 años que se encuentra de viaje rumbo a Filipinas para cumplir una promesa de infancia. Se trata de un autor de éxito que viaja solo y depende de una fuerte medicación para poder soportar la realidad y percibirla con claridad. Los excesos o falta de esa medicación le hacen entrar en letargos donde recupera su infancia, o mejor dicho el final de su infancia, cuando era un niño de la basura en Oaxaca junto con su hermana Lupe. Un Juan Diego de 14 años sobrevive en el basurero gracias a la protección del capo del mismo, un talento para enseñarse a sí mismo a leer con los libros descartados por los jesuitas y una madre que trabaja a media jornada como prostituta, y la otra media limpiando imágenes sagradas.

Ambas tramas se alternan en cada capítulo, sembrando en el lector la incertidumbre de cuál de las dos es más verdadera, o de cuánto de verdad hay en cada una de ellas. La fragilidad de la memoria y su capacidad para crear mentiras que deforman nuestro presente acompaña cada párrafo hasta el final exacto de la novela, en la que también flota un aire anticlerical que lleva a Juan Diego a sufrir de los remordimientos propios de la educación católica. Como suele ocurrir con Irving, asistimos a la asombrosa capacidad del autor para crear personajes estrafalarios y situaciones inverosímiles que encajan perfectamente en los límites de la credulidad del lector: una madre e hija, fanáticas de los libros de Juan Diego,  que lo encuentran en tránsito y se ocupan de él; un alumno ultracatólico que instala peceras en las habitaciones de los hoteles donde descansa el autor; una hermana capaz de leer el pensamiento, pero incapaz de comunicarse con nadie que no sea Juan Diego; un cura con cilicio que se siente atraído por un transexual… en este caso, hay un forzamiento excesivo de esos límites, máxime cuando la novela supera las seiscientas páginas: mantener un ritmo de sorpresa y maravilla constante, aunque es literariamente posible, resulta agotador para el lector en algunas ocasiones. En otras palabras, se percibe demasiado clara la mano del escritor detrás de los personajes, conduciéndolos de escena en escena y dando lugar a un híbrido entre lo literario y lo audiovisual que salva el tipo por la elegancia de la prosa de Irving y lo fascinante de la historia a la que tenemos el privilegio de asistir.