Óscar Mora

Ser siempre otro

02. Ser siempre otro La utilidad de los libros siempre está en cuestión, ¿para qué sirve un objeto lleno de palabras? Nada más barato que las palabras, las podemos encontrar colgadas en los carteles de publicidad, escapando a borbotones de la radio, comprimidas y mostrando su lado más soez en el prime time. ¿Qué sentido tiene encerrarlas en una cárcel de papel, asignarles un ISBN, acumularlas en estantes cumpliendo su destino de polvo? Una ventaja de la lectura como entretenimiento es la alta participación del receptor, usted deja caer una edición juvenil de Moby Dick en una clase de 4º de la ESO, y cinco alumnos leerán una novela de aventuras, quince se aburrirán porque no podrán identificarse con unos pescadores de ballenas, tres se sentirán cercanos a ese Ismael que sale a descubrir la parte acuática del mundo y el resto leerá el resumen en Wikipedia de cara al examen. Yo no soy nadie, y menos alguien cuando leo, porque en ese momento uno puede sentirse cercano a los avatares de los personajes, da igual que sea una novela de amor de Corín Tellado que La muerte de Virgilio. Toda literatura es cambio, la buena y la mala, por eso podemos empatizar con los malvados o darnos cuenta de que los secretos y horrores del fondo marino siempre habían estado en nuestra cabeza, y solamente necesitábamos un Verne que los sacase de ella. En las novelas de iniciación observamos a un personaje enfrentarse a un hecho traumático que le hace comprender el mundo o una parte del mundo. Seguimos su evolución, y al final de la novela, cuando es buena, nos encontramos a alguien muy diferente del que conocimos en el primer capítulo. Pero además de cambio, la literatura es juego, y hay que remontarse a sus albores para encontrar uno de sus temas clásicos, la metamorfosis. El cambio físico, como mero divertimento del lector o como aspiración metafórica, está en la única novela latina que ha llegado íntegra a nuestros días: El asno de oro, de Apuleyo. Son diez divertidas aventuras de transformaciones animales con una coda final. No está claro si esa coda es una burla o una exaltación de la religión y en contra de los vicios de la carne. La metamorfosis se produce cuando nos damos cuenta de la alteridad, cuando ya hemos sobrepasado al otro y nos enfrentamos a la naturaleza nos asalta un nuevo otro en forma de animal, al que debemos comprender. Es el mito del hombre urbano volviendo a su estado animal que se puede leer en El año de la liebre, de Arto Paasilinna, donde solamente está la identificación sin metamorfosis. La pequeña obra maestra del género de los últimos años es La vida y la muerte me están desgastando, de Mo Yan, un repaso a la revolución cultural china a través de la genealogía de una aldea y varias familias, en las que veremos al protagonista ser un cerdo, un perro, un buey y un burro. Al estilo de Apuleyo, hay mucho de fábula y de sátira, y una profusión de cuentos adyacentes a la narración. Lejos del aterrador relato de Kafka, la metamorfosis nos permite ser otros dentro del otro, escuchar cabalmente a los zorros chinos parlanchines o poder entrevistar a la tortuga que pugnaba con Aquiles.   Publicado originalmente en Culturamas

Yo no soy nadie

01. De Ulises a Polifemo “Yo no soy nadie”, le dice Ulises a Polifemo para engañarle y así poder huir de la cueva donde está confinado con el resto de su tripulación. Siglos más tarde, Verne utilizará el mismo recurso para uno de los antihéroes más celebrados de la literatura universal: el capitán Nemo, que hundía barcos y causaba terror en todos los océanos. La pérdida de la identidad es un tema recurrente en la literatura moderna, y el propio Borges tiene una miniatura llamada “A un poeta menor” que dice: “La meta es el olvido / Yo he llegado antes”. La literatura puede enseñarnos a buscar nuestra identidad para luego perderla, a marcar el territorio de nuestra vida que es parte de la ficción y que, en soledad o con ayuda de otros, nos inventamos para poder sobrevivir. Viene esto a cuento porque en política se ha puesto de moda lo que los analistas de imagen llaman “el relato”, contar las cosas que se hacen o se prometen con estructura narrativa, ya saben: introducción, nudo y desenlace. Pero también con héroe, villano, puntos de giro, clímax e incluso a veces con tramas menores que descarguen el peso de la principal. Artur Mas y Rajoy están afirmando sus dos identidades en relatos verosímiles e incompatibles con motivo de la independencia de Cataluña, inconscientes del peligro que supone forzar la ficción y de las consecuencias que puede acarrear. Nos gusta escuchar una historia, nos gusta que nos cuenten cuentos desde que existe el lenguaje, y nos gusta que las historias nos emocionen, nos involucren y nos entretengan. Incluso nos gusta cuando las historias falsas pasan por verdad. Quizá deberían aprender del truco de Homero y de Julio Verne: hacer que el personaje pierda su identidad y no sea nadie para que pueda ser cualquiera de nosotros, para que el narrador personal se convierta en un narrador colectivo donde quepa cualquier vida. O quizá puedan echar mano de una de las últimas modas literarias: la autoficción. Vila-Matas la lleva practicando desde hace años con “El mal de Montano”, “París no se acaba nunca” o “Kassel no invita a la lógica”. Los escritores se convierten en personajes y borran de un plumazo la frontera entre novela y ensayo. También pueden echar mano del titánico proyecto de Karl Ove Knausgård, que va por el segundo volumen de una hexalogía autobiográfica cuyas ventas se cuentan por cientos de miles, y cuya principal fuerza es la arrebatadora potencia de la verdad escondida dentro de una mentira. “Mi nombre es nadie”, insiste Ulises, y con esa trampa consigue eludir todos los peligros, conjurar todos los fantasmas y evitar una muerte segura. Desaparecer para sobrevivir, como Nemo, licuarse en un nosotros casi invencible de la mano de los escritores que generosamente nos regalan los fragmentos más literarios de su vida para descubrir que no tenemos por qué estar buscándole un sentido a todo, para descubrir que no somos tan importantes como nos podría parecer. Descubrir, como Ulises, que no somos nadie. Que no nos queda sino seguir navegando. Publicado originalmente en la revista Culturamas