Me acuerdo del verano de 2018

¿Recordáis el verano de 2018? El calor entró por San Juan, no cerca de San Juan, ni un poco antes ni un poco después: la misma víspera de San Juan ya nos hormigueaba la piel por la mañana, asustada por el inminente cambio en el ambiente; el gato andaba inquieto por la casa porque algo en su interior se dispara cuando sube la temperatura: creo que tiene un recuerdo físico muy nítido de aquel espantoso verano que me lo llevé a Denia, os tenéis que acordar, en la casa de la tercera planta donde una madrugada apareció un águila en la terraza -que meses después se ahorcó sin querer en un árbol de La Plana-. Fue el verano del mundial que tampoco ganamos, os tenéis que acordar porque hacía muchos años que no vivíamos un mundial tan divertido, y también fue el verano que ya nadie esperaba: a mitad de junio seguíamos en manga larga y ya teníamos todos en el cajón borradores para hacer nuevas versiones de Frankenstein, «Puede que el verano ya no llegue nunca», me dijo M. dos días antes de San Juan, pero si finalmente no hubiese llegado el verano, me acordaría, y no estaría recordando esto ahora mismo.

Tienes que acordarte del verano de 2018, haz un esfuerzo, fue el verano que cogimos más carreteras secundarias que nunca, no he viajado en tan poco tiempo por tantas carreteras de un solo sentido más que entonces, por Castilla y León nos costaba sintonizar la final del mundial, qué calor hacía; a ti te hacía gracia porque te daba igual, y no parabas de hablar de aquel falso documental sobre la final de Brasil con Francia. Recorrimos los dos ejes del país en diagonal tres veces, recuerdo que en Cantabria me pediste que nos desviáramos porque querías ir a las fiestas de un pueblo donde hacían una recreación histórica que llevabas años queriendo ver. No fue nuestro mejor verano el de 2018, desde luego, de eso también te acordarás, la fiesta había sido dos semanas antes, pero nos quedamos en el pueblo igual. Dormimos en los sofás del casino y cenamos solos en la plaza del pueblo, en nuestra mesa de plástico de Carrefour de la que seguro que te acuerdas.

Tengo envidia de todas las cosas que están ahí ahora contigo, y sé que tú debes tener envidia de las que no tienes y están aquí conmigo. Estoy mintiendo otra vez, no estoy seguro del todo, pero sí sé que si recuerdas el verano de 2018 es más que probable que incluso ahora las estés echando de menos.

Recuerdo que al final de julio me quedé solo y sin nada que hacer, y me pareció buena idea el Camino de Santiago. No pasé de El Bierzo, y eso que había salido de León. De noche, en el albergue, me quedé unos minutos mirando la pantalla del móvil perfectamente apagada e inanimada, consciente que no podía llamar a nadie al que le interesase que yo estuviera allí, seguro que os acordáis porque no me sentí realmente triste, no lloré, no me compadecí, ¿verdad que os acordáis? Dejé la mochila con casi todo lo que llevaba allí mismo y llegué a Santiago en tren al día siguiente, dormí muy bien tres noches, y eso que seguro que recordáis que fue el verano del insomnio; pero en la cuarta noche volví a desvelarme hasta las 3, y al día siguiente hasta las 4, de eso no os acordaréis porque estabais todos dormidos.

¿Te acuerdas que el verano de 2018 fue la primera vez que Inés me dijo «te quiero»? Era muy pequeña entonces, y no estoy seguro de que no siga siendo pequeña ahora, pero entonces no podía saber qué estaba diciendo, repetía las cosas como un lorito. Todos los tequieros que han venido después han sido una ampliación de aquel, y no han tenido que ver nada con aquel primer tequiero, pero de eso no te puedes acordar porque no estabas allí en ese momento, y te tienes que conformar con los recuerdos que, fragmentados, yo voy recuperando y que en el fondo no sirven para nada.

¿Recordáis el verano de 2018? Fue aquel que se acabó demasiado pronto, las imágenes de los bañistas encerrados en sus apartamentos contrastaban con las del Sena desbordado y los parisinos saliendo a la calle a verlo como si fuera una realidad secreta. Cambiamos dos veces de gobierno, pero prácticamente nadie se dio cuenta; andamos mucho por el bosque e hicimos malabares entre los pinos; fue el verano en el que se resolvió definitivamente lo de Cataluña, la solución era tan evidente que nadie la había visto; dormimos al raso más veces de las que teníamos previsto, escribimos más postales que nunca -seguro que os acordáis porque muchas las tengo aquí conmigo sin enviar y las debéis de estar echando de menos-. Fue el verano de andar descalzos, cogimos un avión por primera vez desde hacía varios años y  paseamos sin zapatos por un parque gigantesco como no volveremos a visitar.

Pero todo esto es innecesario, estoy seguro de que todos recordáis el verano de 2018 que nos dejó un sabor cóncavo y persistente en la boca, un sabor que afortunadamente ya no nos dura, pero que vuelve y ha vuelto cada año que el verano se atrasa un poco.

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