La estación de Inés


Ahora que tengo ocho novenos de hija, reviso todos los lugares comunes de los que me habían hablado. Por ejemplo, dicen que cuando estás embarazada, ves más mujeres embarazadas por la calle. A V. no le ha pasado, y yo he hecho un esfuerzo pero no he notado un aumento significativo. Lo que sí que veo prácticamente cada día son niños pelirrojos. Teniendo en cuenta que solamente el 1% de la población tiene el pelo rojo, son una anomalía que, con la repetición, se vuelve más extraña, y he preguntado a mis mayores por las anomalías de mi árbol genealógico pero no han encontrado nada reseñable.

No creo que vayas a ser pelirroja, Inés. Tu madre y yo somos morenos de pelo, de piel y de ojos. No te estamos dando unos genes muy exóticos, pero en cambio sí te estamos dando unos genes muy tozudos. Luego te explico por qué. Hoy tu madre se ha cogido la baja, y si el lado matemático de la biología cumple su parte, hasta dentro de cuatro meses no volverá al trabajo, pasaremos tres meses los tres juntos sin descanso (lo que me lleva a hacer una muesca más en las ventajas de trabajar en casa). Al cabo de esos tres meses, cuando pase justo una estación completa, nos quedaremos solos tú y yo gran parte del día.

No te asustes.

Te he buscado más que a nada anteriormente en mi vida, y tu embarazo llegó cuando estábamos a punto de tirar la toalla. No, no te creas esto último, nunca íbamos a tirar la toalla, nunca íbamos a dejar de buscarte*, pero la verdad es que no fue un camino corto ni fácil.

Dejemos eso atrás.

Te interesará saber que tenías un hermano o una hermana mellizo o gemela, y que lo perdimos** cuando todavía estábamos celebrando que tú ibas a llegar. Pero eso es algo que también hemos dejado atrás. Durante tres días pensé que estabas muerta antes de haber nacido, y pasé tres noches algo difíciles, cogiéndole la mano a tu madre en la cama, ayudándola a andar otra vez, deambulando por pasillos de hospital sacados de una película de serie B. No, tampoco te creas eso: no pensé que estabas muerta, no sabía si seguías viva, y te prometo que nunca creí que no fueses a estar bien. De noche, cuando a tu madre le vencía el sueño y su mano se deslizaba de la mía, yo comprobaba que el gotero estaba correcto, la destapaba un poco para que no pasase calor y me quedaba solo conmigo y contigo, podía relajarme y pensar en cualquier cosa. La primera noche, cuando la respiración de V. se acompasó indicándome que estaba dormida recuerdo que sentí sosiego, respiré hondo y me sentí muy despierto. Sin poder evitarlo, pensé, ¿Y si algo no ha salido bien? y acto seguido, no sentí nada. Pasó igual la noche siguiente, y todavía tardé unos meses en darme cuenta de qué estaba ocurriendo.

Cuando el último día le hicieron una ecografía a tu madre, la ginecóloga dijo las cuatro palabras más hermosas del castellanoEl bebé está bien. Entonces sí, por primera vez desde que empezó todo lloré. Lloré bastante, y después he llorado en todas y cada una de las ecografías (y créeme, eres una de las niñas más ecografiadas de España). A partir de la tercera, acudía al médico pensando Esta vez no creo que llore, no vamos a dar el espectáculo, no hace falta llorar, todo va bien. Todo va bien. Y todo iba bien siempre, y cada vez nos decían una cosa diferente sobre ti, y cada vez yo lloraba. Ya ves, te ha tocado un padre llorón. Pero tampoco te preocupes, llorar no es algo malo por sí mismo. Aunque eso ya lo descubrirás con el tiempo.

Estoy yendo muy deprisa.

Volvamos al llanto. Cuando eras (más) diminuta y te vi agitarte como una rana, lloré. Cuando giraste la cabeza hacia el ecógrafo, lloré. Cuando me dijeron que eras una niña***, lloré. El día que la barriga de tu madre ya era evidente, y me la crucé en el pasillo, lloré. Hasta la mitad del embarazo, no descubrí qué mecanismo estaba operando ahí: una de las innumerables visitas y pruebas médicas era para V. y no para ti; la prueba confirmó su buena salud, y lloré. La absoluta serenidad de los días en los que no podía estar seguro de que seguías ahí estaba inducida por la necesidad de estar tranquilo, y a partir de que la medicina se hizo cargo de la situación, recibir una buena noticia era revivir el liberador momento El bebé está bien. Incluso ahora que tengo ocho novenos de ti, que ya solamente quedan un par de pasos y El bebé está bien, leer un artículo que me confirma que tus movimientos repetitivos corresponden al hipo fetal y son un signo de buena salud me ha hecho llorar. El bebé está bien. Espero que los genes tozudos que te estamos dando tu madre y yo te permitan llorar de vez en cuando. Bienvenida a la estación de Inés.

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* Dice cualquier pareja Estamos buscando nuestro segundo hijo, o le preguntan a unos recién casados ¿Estáis ya buscando niños?, y uno se imagina que los bebés están escondidos en un estado de conciencia aletargado, en una zona de penumbra desde la que no pueden emitir ningún sonido y deben ser encontrados casi por azar, por voluntad inquebrantable o por tozudez; como si la existencia residiese en el centro de un laberinto y hubiese que deambular para obtenerla.
** Véase nota anterior.
*** De alguna manera, otro de los tópicos es “Me da igual lo que venga****, mientras venga bien”. Es falso. Todos queremos, por el motivo que sea, un género concreto, pero casi nadie lo dice, como si afirmar la prioridad por una niña y recibir un niño significase un premio de consolación. No te preocupes, no lo es.
**** Justamente, la acción de venir es aquí la contraria de ser buscado.

 

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