Las variaciones Rhodes

 

James Rhodes, “Instrumental: Memorias de música, medicina y locura”. Blackie Books, 288 páginas. 19’90 euros

Reseña publicada originalmente en el diario Información, 28/IV/2016

“Gracias (…) por la música, misteriosa forma del tiempo” – Jorge Luis Borges, “Otro poema de los dones”

Cada vez de que su profesor de gimnasia le violaba (aproximadamente desde los cinco años hasta los once), advertía a James Rhodes de que no debía contarlo a nadie, o de lo contrario ocurrirían cosas terribles. Tres décadas después, había terminado la redacción de su autobiografía, Instrumental, y la justicia le seguía diciendo que no podía contar lo que había en ese libro, hasta que finalmente le permitieron publicarla. Si uno busca en la sección de biografías de cualquier librería, todos los personajes menores de 60 serán futbolistas, cantantes adolescentes y personajes que, en general, tendrían dificultades para redactar una frase con más de una subordinada. En el caso de Rhodes, el relato de sus primeros treinta y ocho años de vida está escrito de manera visceral desde uno de los círculos del infierno más lejanos, que nos es completamente ajeno como experiencia y absolutamente cercano en cuanto a la representación del horror.


La verdad esencial de este libro es cómo la música puede salvar la vida a alguien y, por extensión, cómo encontrar una pasión y seguirla pase lo que pase puede salvarnos la vida

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James Rhodes fue violado –y el autor recalca que no “sufrió abusos”- durante su época escolar, lo que le despojó de un plumazo de su infancia, le hizo incapaz de entender las relaciones humanas, el sexo y los comportamientos sociales. Como niño y adolescente, prostituirse para conseguir un helado era algo normal, y sentir autoodio una reacción natural a estar vivo. De esas violaciones se derivaron trastornos como el de personalidad múltiple, con el que consiguió fingir una vida normal en la que formar una familia, conseguir un trabajo, seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. En medio hubo episodios de adicciones a la droga, automutilaciones, intentos de suicidio, internamientos en centros psiquiátricos y un extenso muestrario de miserias. Pero la verdad esencial de “Instrumental” no es ninguna de esas cosas, ni se trata de un libro que se apoye en el morbo o en las descripciones escabrosas para atraer al lector. Sí cae en la autocomplacencia, pero Rhodes, que ya en las primeras páginas se define como un imbécil vanidoso, egocéntrico, superficial y narcisista, se da cuenta de que lo hace, lo recalca cada vez y lo asume como parte del proceso de ser una víctima. Como en las Variaciones Goldberg, Rhodes usa el tema principal, los abusos y su descenso a la locura, creando pequeñas variaciones para llegar a lo que realmente hay interesante para contar de su vida.


El relato de sus primeros treinta y ocho años de vida está escrito de manera visceral desde uno de los círculos del infierno más lejanos, que nos es completamente ajeno como experiencia y absolutamente cercano en cuanto a la representación del horror

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Como digo, la verdad esencial de este libro es cómo la música puede salvar la vida a alguien y, por extensión, cómo encontrar una pasión y seguirla pase lo que pase puede salvarnos la vida. Rhodes encabeza cada capítulo con una pieza de música clásica y una breve introducción a la vida del autor: Bach, Ravel, Beethoven, Brahms… resaltando la parte más desgraciada de sus vidas, poniendo de relieve la pomposidad de la industria de la música clásica a la hora de hablar de sus creadores. La música, y concretamente la Chacona en re menor de Bach, son las responsables de que el autor regresase al mundo de los vivos, y hoy en día es un concertista muy popular, no solo por su talento, sino también por haber desencorsetado los recitales de piano, cambiando la liturgia y la estética de este tipo de espectáculos, charlando con el público, ofreciendo una visión iconoclasta de las piezas y autores. La “playlist” que ha creado para el libro es un imprescindible durante su lectura. Instrumental es un libro absolutamente demoledor, y la capacidad de tocar al lector hace que uno vaya experimentando rabia, odio, asco, empatía, ternura… y un catálogo de sensaciones y sentimientos que puede dejarle hecho polvo. Rhodes ha conseguido una auténtica proeza literaria: llevar al papel lo que se siente al escuchar la música que acompaña las páginas, con la naturalidad de los genios, que construyen grandes obras simplemente jugando.