Óscar Mora

La nube de la muerte, Andrew Lane

Holmes con acné Lane, Andrew. El joven Sherlock Holmes. La nube de la muerte. Editorial Siruela. 286 páginas, 16’95 euros. El verano es la época que se reserva por excelencia para abordar las grandes lecturas que se han dejado pendientes a lo largo del año: las tardes de canícula, amenizadas por las retransmisiones del Tour de Francia o por la engolada voz de algún locutor de documentales imposibles, son perfectas para abordar la lectura del Quijote, Guerra y Paz o el Ulysses de Joyce. Para los que no tienen una voluntad de hierro, lo mejor es dejarse llevar y emplear la época estival volviendo a las lecturas que nos hicieron felices de pequeños: los libros de aventuras. El verano es el territorio más fecundo para que pasen cosas diferentes al resto del año, tanto en la vida real como en la literaria: desde Sandokán abordando a los piratas hasta Phileas Fogg cruzando el mundo entero por una apuesta. Con este espíritu, ha llegado en verano la primera secuela oficial del detective más famoso de todos los tiempos: “El joven Sherlock Holmes: la nube de la muerte”. En cualquier librería pueden encontrarse numerosos libros que tratan de seguir el canon de Arthur Conan Doyle, con disparates tan divertidos como, por ejemplo, enfrentamientos de Holmes y Watson contra zombies. De todos, quizá el más acertado fue “Los años perdidos de Sherlock Holmes”, editado por Acantilado, y que daba cuenta de las actividades de Holmes en el periodo que transcurre entre su caída por las cataratas de Reichenbach y su reaparición en Londres. Los herederos del escritor escocés han autorizado por primera vez una serie “oficial”, y lo han dejado en manos de una de las personas más adecuadas para ello: el escritor y “holmesiano” Andrew Lane. El primer acierto a la hora de continuar con el canon de un mito de las dimensiones del inquilino del 221b de Baker Street es el de no haber escogido retomar la narración donde la dejó Conan Doyle. Se trata de una novela juvenil, donde se muestra la primera adolescencia del detective. El segundo acierto, más importante aún, ha sido evitar deliberadamente copiar el estilo de las historias de Sherlock Holmes y buscar una voz propia, que dé entidad al personaje sin que se separe del modelo original. En cuanto a la historia, muchos de sus valores son reconocer tics y gestos que ya sabemos de Holmes, además de los orígenes de su gusto por disciplinas como las matemáticas, la esgrima,  y, sobre todo, el arte de la deducción. También se rompe con el esquema clásico, para dar un salto hacia el relato de acción y aventuras, con un código y un lenguaje que, sin abandonar la época donde está ambientado el libro, se ha traído a la actualidad. Casi podríamos estar hablando de un thriller o de una novela clásica de aventuras, con el aliciente de toda la documentación previa que el autor ha recopilado para dar consistencia al personaje. El resultado es una obra que no sólo cumple la papeleta, sino que pone el listón muy alto para todos los émulos de Conan Doyle que han de seguir apareciendo, y que nos reconcilia con la novela de aventuras en estado puro. Reseña publicada en el Diario Información

Entrevista a Carmen Pacheco

Carmen Pachecho (Almería, 1980) acaba de publicar su tercera novela, “En el corazón del sueño”, con la editorial SM. Publicista de profesión, y pionera en España en el mundo de los blogs, nos propone entrar en la vida de un grupo de onironautas enfrentados a un terrible peligro.   “En literatura juvenil, simplificar es un error” Como publicista, supongo que estarà acostumbrada a manejar las reglas literarias de la persuasión. R: Como publicista suelo preocuparme de que el lector mantenga el interés y de ser original, ofrecerle algo distinto; la ventaja que tendría mi producto, en este caso mi novela, frente a las demás. Pero el resto del proceso de escritura, por suerte, no se parece en nada a la publicidad. “En el corazón del sueño” trata el tema, largamente explotado en literatura, de los sueños como parte constituyente de la realidad ¿le ha sido difícil compaginar un texto “onírico” con otro “real” en una misma novela? No, desde el principio usé el recurso de cambiar el tiempo verbal de la narración para que el lector no se perdiera al saltar de un estado a otro, además del cambio de tipografía que se usó en la edición. La parte onírica es mucho más visual y mientras la escribía dudaba de mis dotes descriptivas, pero curiosamente, y por suerte, casi todos los lectores que me han dado su opinión coinciden con que es uno de los puntos fuertes de la novela. A la hora de escoger el tema y lenguaje de su novela, ¿se planteó que su público iba a ser adolescente? No, intento no condicionarme por la edad de los lectores. No creo que los niños y los adolescentes vivan en una realidad paralela y sean ajenos a los temas que tratamos los adultos. Tampoco creo que haya que simplificar los aspectos formales para que puedan comprender un texto, sólo en el caso de la literatura infantil hay que tener cuidado de no complicar demasiado la narración para que el lector con poca experiencia no se pierda. En el caso de la literatura juvenil simplificar me parece un error. Lo único que sí tienen mis novelas para niños y jóvenes es un elemento de reflexión que no trata de educar ni aleccionar, sólo de arrojar algo de luz sobre algunos temas vitales que a esas edades resultan más difíciles de entender. Aunque sinceramente, como lectura adulta, aún sigo buscando ese tipo de “iluminación” en los libros. A Celeste, la protagonista, le cuesta mucho más relacionarse en el mundo real que en el soñado, ¿quería retratar a una “outsider” social, o buscaba un personaje que se acomodase a la trama principal? La historia de superación personal de Celeste tiene tanta importancia en la novela como la trama fantástica relacionada con los sueños. Como he dicho antes, mi intención al escribir no es aleccionar. Sería incapaz de escribir una historia sin profundizar en la psicología de los personajes, y creo que también sería incapaz de escribir una novela que tratara sólo eso. Celeste tiene un blog en el “mundo real” –duermeceleste.blogspot.com- ¿cuánto ha enriquecido el proceso de escritura la comunicación que mantiene con los lectores por este y otros canales, como su propio blog o las redes sociales? El blog de Celeste es un complemento al libro, un pequeño extra-regalo para los lectores que después de leer la novela intenten buscar a Celeste en la red. No ha tenido mucha relevancia en el proceso de escritura del libro. Sin embargo, las redes sociales se mencionan en la historia porque ningún joven y ya casi ningún adulto es ajeno a ellas. Haber escrito tantos años un diario digital público ¿de qué manera influye en su literatura? Mi blog ha sido un buen entrenamiento de escritura y sobre todo de lo que supone la exposición de lo escrito a los lectores, que es una de las partes más difíciles del proceso de edición y publicación. Enfrentarte con la opinión de los demás es algo que puede ser duro si eres algo tímida, pero no hay más remedio que acostumbrarse. ¿Echa de menos –a la hora de escribir- el anonimato que tenía entonces? Ahora mismo parece que si eres anónimo en internet es porque tienes algo que ocultar. Desde la llegada de Facebook resulta lo más normal del mundo volcar tus datos personales a la red y escribir bajo tu nombre real. Por eso no me siento excesivamente incómoda teniendo un dominio que es mi nombre y mi apellido. Imagino que es una cuestión de perspectiva. ¿Va a quedarse en la Literatura Juvenil, o está preparando algún texto para otros públicos? No podría limitarme a escribir para un determinado público, igual que como lectora me interesan todo tipo de géneros. Lo que estoy escribiendo ahora no está destinado a la edición juvenil, pero no tengo intención de dejar de escribir para jóvenes o niños, es un público al que aprecio mucho y con el que me siento muy cómoda. Por último, ¿qué soñó anoche? No puedo recordarlo, pero estoy segura de que ha sido algo agradable porque me he despertado de buen humor. Aunque lo olvidemos al despertar creo que lo soñado incide en nuestro ánimo gran parte del día.