En este lado de la vida

Delphine de Vigan; Nada se opone a la noche. Editorial Anagrama. 376 páginas, 19’90 euros.

Uno de los actos más íntimos posibles es quitarse la vida por la propia mano. El valor o la cobardía que se requiere para desaparecer por voluntad propia es una cuestión que queda entre el suicida y la pastilla, el frasco de veneno, el puñal o la pistola. A los que se quedan de este lado de la vida sólo les queda la conjetura, aventurarse a imaginar los motivos, creer o no en la nota que no todos los suicidas dejan, añadir una muesca indeleble en sus hitos vitales. Cuando ocurre un suicidio en una familia, lo habitual es ocultarlo, apartar el tema y tratar de que nadie lo sepa. Hay algo de vergonzoso en la idea de que la persona que lo ha hecho se ha rendido, ha renunciado a tratar de darle un sentido a todo, y esa vergüenza mancha a todos los que le rodeaban.

Delphine de ViganLa escritora francesa Delphine de Vigan encontró muerta a su madre, Lucile, con tan sólo 61 años. Resultaba evidente que Lucile se había quitado de en medio después de haber intentado en repetidas ocasiones superar una vida llena de caos, con episodios de internamiento en psiquiátricos y una ristra de amores desgraciados. Con una valentía admirable, de Vigan decidió tratar de comprender a su madre mediante un acto literario. Entrevistó a los hermanos sobrevivientes de Lucile, reunió las grabaciones de su abuelo, los testimonios, las imágenes y todo lo que pudo encontrar, y trató de darles forma de libro. El resultado es casi lo que podemos denominar un clásico instantáneo, un ejercicio de estilo que nos muestra cómo enfrentar la propia vida y tratar de comprender la de los demás.

Los buenos libros, los que no tratan de enseñar nada activamente pero dejan un poso en los lectores, deberían parecerse a “Nada se opone a la noche”

Los problemas que plantea una novela de este tipo han sido solventados con mucha solvencia por parte de la autora: por un lado, una narración en primera persona, al borde de la autoficción, pero con pocos toques de verdadera ficción; por otro, la división en tres bloques que encajan como un puzle virtuoso: la infancia no tan feliz, la época de la libertad de Lucile, y el desmoronamiento intelectual a través del prisma de sus dos hijas. Los capítulos se ven salpicados por bloques de texto donde la escritora describe el dolor y la complejidad del proceso. Cómo está reuniendo y tratando el material, la renuencia de parte de la familia a sacar a la luz aspectos concretos de su propia historia, o cómo su propio entorno reacciona a los hallazgos de Delphine.

Nada se opone a la noche

Los buenos libros, los que no tratan de enseñar nada activamente pero dejan un poso en los lectores, deberían parecerse a “Nada se opone a la noche”: de forma sutil, la escritora abre una pequeña ventana a un mundo donde el lector no está seguro de querer entrar, y para cuando asoma tímidamente la cabeza en las diferentes tramas, aparece siempre “la revelación”, un nuevo punto de apoyo para el suicidio de Lucile, que hace tambalear el suelo bajo los pies de su hija. “Nada se opone a la noche” viene a confirmar el rotundo comienzo de Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen entre sí, pero las familias infelices lo son a su propia manera”, y la manera de esta familia atraviesa tres generaciones y un pequeño compendio de éxitos y fracasos cotidianos.

Crítica publicada en el Diario Información