Cinco lecturas para el 31 de octubre

Me resisto a escribir «Cinco lecturas para Halloween», aunque creo que toda resistencia es inútil y, en el fondo, un poco tonta. Os dejo cinco libros perfectos para leer mirando por la ventana cómo los niños del barrio van de puerta en puera gritando truco y trato mientras vosotros masticáis huesos de santos.


Un trabajo muy sucio, de Christopher Moore.

El día que nace su hija Sophie, a Charlie Asher, dueño de una tienda de artículos de segunda mano, le cae un encargo algo engorroso: se convierte en la muerte. Es un trabajo sucio, sí, pero alguien tiene que hacerlo.

Es uno de mis preferidos de Christopher Moore, y este mismo año ya ha salido la secuela. Divertidísimo: tiene deidades nórdicas, perros infernales, y mucho, mucho humor.

Un trabajo muy sucio

- Me advirtió que me alejara de ti.

- ¿Por qué? ¿Se lo dijo?

- Me dijo que eras la Muerte.

- ¿Yo? -dijo Charlie.- ¿Yo? -Se le cortó la respiración mientras repasaba de memoria lo sucedido ese día- ¿Y qué si lo soy?

- ¿Sabes, hijo? -dijo el Emperador,- yo no soy un experto en los tratos con el bello sexo, pero tal vez deberías ahorrarte esa información hasta la tercera cita, más o meos, cuando te hayan conocido un poco mejor.

Las crónicas del sochantre, Álvaro Cunqueiro

La edición que hay en casa de este libro es de la mítica Biblioteca Básica Salvat, y, si no me equivoco, está descatalogado. Indagando en webs de segunda mano e incluso en Amazon se puede comprar por 5€ de nada y es, con toda probabilidad, uno de los mejores libros de fantasmas que se han escrito. Una hueste fantasmal secuestra al sochantre de Pontivy, y hace un viaje con ellos escuchando el relato de sus desdichas y de cómo se convirtieron en fantasmas. La delicia de la prosa de Cunqueiro desplegada al servicio de los sobrenatural.

 

Esto si el zapatero de las hebillas, que había comprado en Saint–Brieuc un gorro frigio, no venía a sorprenderlo, y allí mismo en su cámara le cortaba la cabeza con la cuchilla del oficio. Ya veía el sochantre su cabeza en una pica por las calles de Pontivy, ¿y cómo haría el zapatero para bajar por las escaleras con la cabeza clavada en una pica? Si llevaba al hombro la pica, seguramente que la cabeza tropezaría en el techo bajito, que la casa era antigua; bajaría con ella como para una carga, tal vez cuidando de que no le cayera el solideo; tres o cuatro días llevaba el sochantre en su imaginación ayudando al zapatero a salir con su cabeza por puertas. Aunque quizás se arreglase todo. Cuando finalizase el entierro en Quelven, él subiría al altillo para conocer sus manzanos, a contar éstos, y para la Ascensión del Señor llevaría una tortilla de hierbas y una botellita de tinto, y haría el almuerzo bajo las ramas floridas de su pomar famoso.

 

 


Asesinato y ánimas en pena, Robertson Davies

El director de la sección de espectáculos de un periódico es asesinado -accidentalmente- por el amante de su mujer cuando les sorprende en la cama. Su fantasma decidirá atormentar al amante, asistiendo junto a él a un festival de cine. Es un relato muy sencillo, sin nada más especial más allá de la originalidad de la trama, pero yo tengo debilidad por Davies, que me ha dado muchas horas de felicidad.

¿Cómo supe que estaba muerto? Tal como me pareció, recuperé la conciencia un instante después del golpe, cuando oí que el Husmeador decía con voz trémula: «¡Está muerto! ¡Dios mío, lo he matado!». Mi mujer estaba arrodillada a mi lado, me tomaba el pulso y ponía la oreja sobre mi corazón. Con un notable dominio de sí misma, dadas las circunstancias, dijo: «Sí, lo has matado».

¿Dónde estaba yo? Contemplaba la escena desde muy cerca, pero no estaba en el cuerpo que yacía en el suelo. Mi cuerpo, con un aspecto que no había visto en mi vida. ¿Había sido yo un hombre tan grande? ¿No un hombre descomunal, no un gigante, pero de dos metros y bastante pesado? Así lo parecía, porque allí estaba tendido, con mi traje de verano no muy bien planchado, en contraste con mi mujer y el Husmeador, los dos desnudos, pues habían saltado de la cama —mi cama—, donde los había sorprendido.

Nana, Chuck Palahniuk

No es una historia de fantasmas como tal, pero sí es una lectura perfecta para la víspera de difuntos: tiene brujería, magia negra, una canción infantil que asesina al que la oye… y, como todo lo de Palahniuk, es una novela terriblemente perturbadora y adictiva.

 

 

El problema de todas las historias es que se cuentan después de que hayan pasado.

Hasta los comentarios jugada a jugada que hace la radio de los home runs y los strike outs llevan unos minutos de retraso. Hasta la televisión en directo lleva un par de segundos de retraso.

Hasta la luz y el sonido tienen un límite de velocidad.

Otro problema es el que las cuenta. El quién, el qué, el dónde, el cuándo y el porqué del reportero. La influencia del medio. La forma que el mensajero da a los hechos. Lo que los periodistas llaman «el Guardián». El hecho de que la presentación lo es todo.

La historia que hay detrás de la historia.

Todo esto lo cuento yendo de café en café. Este libro lo estoy escribiendo, capítulo a capítulo, desde pueblos y ciudades y paradas para camiones en medio de la nada que nunca son los mismos.

Siempre hemos vivido en el castillo, Shirley Jackson

No me siento capaz de resumir ninguno de los aspectos de esta novela sin hacerte un doloroso destripe, especialmente porque usa un narrador poco fiable y porque tiene numerosos quiebros y puntos de giro, así que os pongo la presentación de la protagonista. Apuesto mi fe a que si empiezas a leerla te la terminarás.

«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.»

 

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